John Cassavetes.
John Cassavetes.

El 28 de febrero, 1 y 2 de marzo llega un “miniciclo” dedicado al director, actor y guionista norteamericano John Cassavetes, a la incipiente pantalla del Museo Patio Herreriano de arte contemporáneo. Esta iniciativa, que sigue a la del mes pasado dedicada a Nuri Bilge Ceylan, confirma una buena senda para la cinefilia local, por más de lo limitado de la propuesta y lo poco ambicioso que es dedicar un ciclo incompleto para dar a conocer una cinematografía concreta. Cassavetes es un referente de la modernidad cinematográfica norteamericana, que desde sus inicios como actor, dio el salto a un tipo de cine heredero del “free cinema” británico y de las modernas corrientes visuales neoyorkinas para, fundamentalmente, centrarse en las relaciones de pareja en una época de cambio, ese periodo de los 60 y primeros 70 donde política, sexo, matrimonio, relaciones sociales, parecían en plena ebullición hacia un cambio del que podría haber salido una sociedad más libre, pero siempre sin dejar de recoger una verdad inmutable con el paso del tiempo, las miserias del género humano y los engaños en las relaciones más íntimas.

La prematura muerte del director nos ha privado de seguir una evolución que, seguramente, hubiera provocado su cambio de registro para no anclarse en narrativas muy apegadas a su tiempo. El ciclo se compone de “Faces”, película de 1968, “Una mujer bajo la influencia” de 1974, y “Opening night” de 1976, es un cine no difícil de encontrar pero que ha desaparecido de los espacios públicos de exhibición televisiva (como tantos otros) y, posiblemente, sea desconocido para las nuevas generaciones de aficionados, que de conocer, conocerán más la faceta actoral de Cassavetes (La semilla del diablo, Doce del patíbulo. Los ángeles del diablo) o su matrimonio con la excelsa Gena Rowlands, que las películas que escribió y filmó. Sus películas no son nada complacientes, son extensas, agotadoras por acumulación de decepciones, desenfrenos, desahogos y odios reconcentrados por los años de convivencia. Gena Rowlands es un hilo conductor de este pequeño ciclo, es la actriz principal de las tres películas, menos presente en “Faces”, pero también formando parte del elenco, al que se suman los habituales del cine de Cassavetes, como Peter Falk, Ben Gazzara o el propio director.

Suelen ser películas de interiores, donde la cámara invade el espacio de confort de los personajes, seres arrasados por el desamor, el desequilibrio, el rencor, el alcoholismo o la enfermedad mental, para quienes el amor se expresa a gritos, igual que el odio repentino al que puede seguir la reconciliación del sexo, donde la familia es un referente que no evita el colapso. Su cámara no busca el enfoque estético, ni la iluminación efectista, el blanco y negro y el color se alternan en su obra, en la que “Gloria”, icono de la mujer emancipada y enfrentándose a un mundo de hombres violentos para salvar a un niño, supuso un punto de ruptura en la temática íntima de pareja, retomada a continuación, inmediatamente, con “Corrientes de amor”. Es una pena que una filmografía tan corta no se haya repasado desde su inicio con “Shadows” hasta su final con “Big Trouble”, 12 películas en la que mi favorita es, precisamente, “Una mujer bajo la influencia”, el relato de una mujer que padece una enfermedad mental en un mundo donde, a su alrededor, uno termina dudando quién es el que está más influido por la luna. Arrasador relato amoroso entre una pareja repleta de desequilibrio, pero que hubiera sido perfecta ocasión para acompañarla con su iniciática y underground “Shadows” o haber asistido a las igualmente elogiables “Husbands” o “Corrientes de amor”, en definitiva solo cabe una aspiración de futuro, que estos ciclos se agranden hasta hacer del cine una cita normal y habitual de un museo de arte contemporáneo que se ha abierto a la ciudad de la mejor manera posible, aumentando su oferta y eliminando el coste de las entradas.

EN CARTELERA

“I, TONYA”, de Craig Gillespie
“I, TONYA”, de Craig Gillespie

“I, TONYA”, de Craig Gillespie. Mi recomendación particular para esta semana previa a esa cita tan publicitada como innecesaria como son los Oscar. “I, Tonya” recrea, sin olvidar que estamos ante una ficción rodada como un falso documental, la historia de nacimiento, auge y caída de la patinadora olímpica norteamericana Tonya Harding, una niña del suburbio, un producto de una madre tiránica y carente de cualquier empatía emocional hacia su hija, que terminó siendo campeona nacional de patinaje artístico contra viento y marea, surgiendo de la nada para terminar en la nada igualmente, o peor que en la nada, víctima de ella misma y de su entorno, al lesionar indirectamente, pero a propósito, a una rival para los JJ.OO. que podía dificultar su selección nacional. Siendo ésta la anécdota, la película del ausente, durante una década, director australiano (Lars y una chica de verdad, porque el resto de su cine hasta Tonya es puro relleno) rezuma mala leche, mucha bilis negra y un sentido del humor nada correcto políticamente para reflejar un nuevo ejemplo de “ángel caído”, de un ídolo de la masa que, al día siguiente te escupe lo mismo que te ha aplaudido. «I, Tonya» juega al biopic, pero «I, Tonya» es un producto que provoca reacciones de afecto y desafecto a partes iguales, un personaje que provoca pasiones populares siguiendo a una de estas princesas «del pueblo» tan dadas a permanecer «en el candelabro» el tiempo justo en que un resbalón les haga pagar su error multiplicado infinitas veces hasta quedar reducidas a cenizas; eliminadas y fulminadas para caer mucho más abajo del lugar del que proceden. Tonya se ceba en la propia deportista por sus errores, pero no por ello deja de ser un retrato de una sociedad que vive pendiente de la fama ajena para aniquilarla un minuto después de encumbrarla.

“LADY BIRD” de Greta Gerwich.
“LADY BIRD” de Greta Gerwich.

“LADY BIRD” de Greta Gerwich. Vista hace un par de meses mentiría si dijera que me ha dejado algún poso, es más, si tuviera que escribir sobre “qué va” me costaría una enormidad mostrar un relato coherente y con sentido; ahí está su ínfimo valor cinematográfico cuando una obra vista con atención y esperada por su “runrún” de película del año deja tan poco recuerdo. Familia con problemas económicos, despertar sexual, ostracismo escolar, identidad ficticia para aparentar un alto nivel económico al que se aspira a llegar, sueños universitarios alejados de la familia, padre comprensivo y madre inflexible; el papel interpretado por una actriz de registro muy repetido como es Saorsie Ronan conduce inexorablemente a una doble de la propia directora, que ya con su edad no puede seguir interpretando a adolescentes y universitarias, pero que termina funcionando como un calco trasladado a la costa oeste de Estados Unidos de los relatos de Noah Baumbach, a la sazón muy relacionado con Greta Gerwich (es su pareja) y que supo utilizar su vis cómica y su aparente fragilidad en sendos retratos de una generación desnortada con sus películas “Frances Ha” y “Mistress America”, de las que “Lady Bird” es tan deudora como insignificante su importancia frente al referente, no aportando nada que no sepamos ni hayamos visto antes, hasta su escena de apertura recuerda, sospechosamente, a “Boyhood” de Linklater.

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