Fotograma de The Rider

Si se lee el reparto de la película rápidamente se advierte que hay una similitud entre los nombres de la familia protagonista y la familia real, como hay una concordancia absoluta entre la identidad y el personaje de los secundarios, de mayor o menor relevancia, que les acompañan. El indudable efecto emocional que la película consigue proviene, precisamente, de esa delgada línea que separa la ficción de lo verídico en la realización. Ambas circunstancias no afectarían en lo más mínimo a la verosimilitud del relato y su plasmación visual, es más, la directora, al cambiar el apellido del original Blackburn al ficcionado de Jandreau está señalando que no todo lo que vemos ha de haber ocurrido en la realidad, o incluso no tiene por qué haberles ocurrido a los Jandreau sino a cualquier otro habitante de los Badlands de Dakota del Sur donde se ambienta el film, pero sí ayuda a mantener la idea capital de que en todo el proceso que sufre Brady lo importante es su conexión material con hechos incontestables de su pasado que modifican ampliamente su concepción del futuro.

Año y medio después, la distribución española encuentra hueco para lanzar uno de los productos mejor valorados en Cannes 2017, ni los premios en ese festival en Un certain régard, ni mucho menos los ineficaces en la Seminci en la edición del año pasado, animaron al distribuidor a exhibirla y a buscar su hueco. Anclados en dinámicas que funcionaban en el pasado, cuando la única opción del cinéfilo era la sala oscura, y el paso del tiempo iba generando una “necesidad” de llegar al producto, la eficacia o la relevancia de las películas se diluye porque ya nadie es capaz de asimilar una obra a un año concreto o a un festival determinado, las películas llegan mucho antes que su distribución, y el efecto “boca-oreja” ha desaparecido, igual que los comentarios generalizados tras su estreno, la “necesidad” de antaño se ha sustituido por la “inmediatez”. No habrá en este país nadie que escriba sobre cine o sobre películas que no haya tenido ocasión de verla hace mucho si ha querido, mientras tanto la distribución se cierra a compartir en tiempo real la eficacia mediática de los grandes festivales. En la era digital, el negocio sigue funcionando (muy mal, ya casi como un residuo del pasado) analógicamente.

THE RIDER. Estados Unidos. 2017.104 minutos.

Dirección y guión: Chloé Zhao.

Dirección de Fotografía: Joshua James Richards. Música: Nathan Halpern. Edición: Alex O'Flinn.
Productores: Mollye Asher, Sacha Ben Harroche, Bert Hamelinck, Chloé Zaho.

Productores ejecutivos: Dickey Abedon, Corentin de Saedeleer, Michael Sagol, Daniel Sbrega, Jasper Thomlinson.

Compañías productoras: Caviar Films, Highwayman Films.

Intérpretes: Brady Jandreau: Brady Blackburn, Tim Jandreau: Wayne Blackburn, Lilly Jandreau: Lilly Blackburn, Cat Clifford: Cat Clifford, Terri Dawn Pourier: Terri Dawn Pourier, Lane Scott: Lane Scott, Tanner Langdeau: Tanner Langdeau, James Calhoon: James Calhoon, Derrick Janis: Victor Chasing Hawk.

Cuidadosamente filmada con un pretendido, y conseguido, efecto estético, redundando en el lado atractivo del perdedor que se niega a aceptar la realidad que se ha truncado, en la vida de Brady todo se resume en una cicatriz que le atraviesa de arriba abajo y que se plasma en una extensa costura en su cráneo. Jinete de rodeo, algo más que una joven promesa de un mundo que aquí nos suena muy lejano e incomprensible, pero que en el interior de los EEUU mueve masas y, sobre todo, mueve mucho dinero; una caída en una competición le ha dejado secuelas cerebrales por las que los consejos médicos indican que hay que retirarse y evitar esfuerzos físicos y nuevas caídas. En el intervalo temporal en el que se desarrolla la acción, el personaje de Brady ha de enfrentarse al fín de un ciclo o al fín de su vida haciendo lo que le gusta. Hay esa reminiscencia del ocaso, del conocido como “western crepuscular” sin necesidad de revólveres pero si con caballos y competencia. En el duro entorno de Brady la derrota se masca, la derrota económica de un padre, la derrota intelectual de una hermana, la derrota profesional del protagonista, la derrota de la camaradería de los jinetes si se abandona ese mundo. En un ambiente de derrota ¿qué queda para seguir adelante?

La insignificancia del ser humano en medio de las inabarcables praderas, la conjunción hombre-caballo como metáfora de la armonía alcanzada mediante la compenetración de la naturaleza para conseguir un nuevo ser mediante la mezcla de dos, el continuo deseo de apaciguar un interior rebelde que es incapaz de aceptar la racionalidad médica y los consejos familiares para no dejarse llevar por lo inmediato sin futuro, van conformando un relato austero, relajado, apaciguado en medio de la frustración. El paisaje se compensa con la imagen en primer plano o en plano medio del hombre y sus caballos. Hay tiempo, por tanto, para la expansión de la mirada y la concentración del gesto o el combate ante el espejo. Zhao, para condicionar la mirada del espectador y añadir el elemento valorativo que a Brady le cuesta asumir, introduce a Lane Scott haciendo de sí mismo. El joven Lane, otro jinete, afectado de una parálisis por un accidente, se convierte en el referente inmediato de Brady. Continuar por la senda de la competición es aceptar que, en el mejor de los casos puede terminar como su amigo, pero al tiempo, renunciar a los animales a domar es asumir que se ha muerto algo muy importante antes de tiempo.

Sabiendo que no hay opciones intermedias, Brady ha de asumir su derrota sin saber si es la oportunidad para rehacerse. Sólo queda el pasado como elemento de ensoñación, las viejas grabaciones de los rodeos previos a los accidentes sirven a Brady y a Lane para mantenerse vivos y soñadores, a partir de ahora no queda más opción que el recuerdo, una vida de imágenes repetidas una vez tras otra, un recuerdo de lo que fue y se truncó. El personaje de Brady se acerca, así al de la producción del mismo año “Pete on Lean”, ambos jóvenes, ambos huérfanos, si no al completo en el caso de Brady, sí metafóricamente al renunciar a la figura paterna, que durante muchos minutos aparece, en su imaginario, como el culpable de la situación de nihilismo absoluto en el que el joven se ha refugiado, la muerte persigue a ambos de manera inmisericorde, ya como eco del pasado, como amenaza presente o como pérdida del elemento con el que más libres se sienten, y al final apenas queda el eco de una amistad, el retorno a casa y la amenaza de envejecer prematuramente, pero si vence el lado racional queda la posibilidad de rehacerse. Bienvenido, tarde y mal, el estreno de esta notable película.

 

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