isabel coixet en Valladolid. FOTO: Gaspar Francés
isabel coixet en Valladolid. FOTO: Gaspar Francés

LA LIBRERÍA (The Bookshop), la última película de la realizadora barcelonesa Isabel Coixet, ha tenido durante la jornada inaugural de la Seminci su prestreno mundial. Se trata de una película que pretende reivindicar el papel de la cultura, simbolizado en el mundo del libro y de las librerías, como instrumento transformador de las sociedades y las mentalidades. Basada en una novela homónima de la escritora británica Penelope Fitzgerald, autora de novelas tan famosas como A la deriva , La Librería o La lor azul, la película de Coixet pretende ser un acercamiento muy personal hacia el célebre personaje principal de la novela, la librera Florence Green , una viuda de mediana edad que decide abrir una pequeña librería independiente en una localidad costera inglesa, Hardborough, y cuya proyecto choca contra un muro de incomprensión, representado por el personaje de Violet Gamart, una representante destacada del establishment local conservador, quien hará todo lo posible por conseguir que el proyecto emprendido por Florence fracase. En medio de una situación tal hostil, Florence Green solo va a poder apoyarse en dos personajes. Por un lado El señor Brundish, una misántropo bibliófilo y la niña Cristine quien la ayuda en la librería y cuyos ideales son cercanos a los de Florence.

El cine de Coixet, de un esteticismo muy marcado y un lirismo muy contenido, se adapta bastante bien al material literario en el que se basa la película aunque ésta adolece de un cierto exceso de metraje, especialmente en su primera hora donde el esteticismo de Coixet, plasmado en lentos travellings y en ciertos planos un tanto innecesarios, puede desenganchar al espectador de una historia que ofrece posibilidades narrativas interesantes. Por un lado la película explora la psicología del personaje femenino principal, Florence Greene, interpretado en la película por la actriz inglesa Emily Mortimer (Matchpoint, Shutter Island), quien ofrece una contenida interpretación de una mujer de los años 50s que lucha por su sueño de abrir una librería, en un contexto patriarcal claramente hóstil, donde la mujer tenía unos roles claramente marcados (esposa sumisa, maternidad obligatoria y objeto de intercambio simbólico amoroso). Un poco en la línea de ese feminismo liberal, representado por el pensamiento de una Betty Friedan, la película de Coixet acentúa esa lucha contra los roles de género, al mismo tiempo que explora la psicología de una mujer, Florence, que hasta que ha enviudado, ha vivido en una burbuja de la que va a salir al tener que enfrentarse al personaje de Violet Gamart para mantener a flote su librería. Un poco en la línea Sartreana, Florence descubre que “el infierno son los otros, comandados por los sectores más conservadores de la localidad. Destacable también resulta el acercamiento a la relación que se establece entre el señor Brundish y Florence. Un romance larvado a través del acercamiento literario que se produce entre ambos. Gracias a Florence, el señor Brudish descubre la nueva literatura de los Ray Bradbury o Nabokov entre otros, autores que hacen renacer la afición literaria en el misántropo Brudish. Un amor que no se llega a consumar carnalmente pero que tiene en una escena de la película una culminación tan poética como contenida. Así como en Fahrenheit 451 (precisamente la novela que descubre el señor Brudish gracias a Florence), el bombero Montag de la novela de Bradbury descubre el amor y encuentra su salvación a través de los libros, en La Librería el señor Brudish recobra su fe en el ser humano y en el amor gracias a esa nueva librería que pone en marcha Florence. Interesante también resulta el tratamiento del personaje de la señora Violet, interpretada por la actriz Patricia Clarksson (actriz fetiche de Isabel Coixet). A diferencia de la novela, donde las motivaciones del personaje para oponerse a la idea de Florence de abrir una libería son más claras y responden a una mentalidad muy conservadora, en la adaptación de Coixet son más ambigüas, quizás para evitar caer en el estereotipo, y ahondan más en la línea, apuntada por la propia directora en la rueda de prensa de presentación de la película, a la idea Aredtiana del Burócrata del mal, cuya misión es la de impedir que un orden establecido se vea alterado. El tour de force interpretativo que recrean el actor Bill Nighy (Señor Brudish) y la actriz Patricia Clarksson (Violet) en una escena muy bien interpretada en la película es de los mejores trabajos de actores que ha realizado Coixet, una directora que suele dejar bastante libertad a sus actores a la hora de encarnar a sus personajes. También merece destacarse la interpretación de la niña Honor Kneafsey en el papel de Christine, la ayudante de Florence en la libería y que en el final de la película de Coixet simboliza esa nueva esperanza de un nuevo mundo, donde los libros puedan salvar a la humanidad.

Isabel Coixet, en el rodaje de La Librería.
Isabel Coixet, en el rodaje de La Librería.

La historia que nos cuenta Coixet en la película permanece bastante fiel al espíritu de la novela, aunque dulcifica bastante el final nihilista de la obra original de Penélope Fitzgerald en favor de un final más contenido y más cercano a la idea de Walter Benjamin de dignificar a los perdedores de la historia, a aquellos cuya victoria reside precisamente en haber sido capaces de haber roto la linealidad del discurso, de haber logrado con su ejemplo y su vida cambiar el sentido último de las cosas, pues la verdad de la historia pertenece a los vencidos.

La libería sin ser de lejos la mejor película de Coixet (muy lejos de los logros estéticos alcanzados con películas como La vida secreta de las palabras o Cosas que nunca te dije) supone una mejoría con respecto a la soporífera Nadie quiere la noche, cinta con la que la directora barcelonesa clausuró la Seminci en 2015.

Isabel Coixet destacó en la rueda de prensa de presentación de La librería que se trata de una adaptación literaria cuya plasmación en el cine ha sido un proyecto largamente anhelado por la directora Barcelonesa que se ha materializado gracias a la labor de la productora catalana Diagonal. Por otra parte destacó la importancia que para ella tiene el poder estrenar mundialmente su película en Seminci, “El primer festival que pone en práctica y no sólo en teoría la visibilización de la mujer en el cine”. Inquirida sobre si la película, donde la protagonista Florence Green tiene que luchar para evitar que la desposean de su librería, constituye una afirmación alegórica de su derecho a no ser expulsada de su país (por el conflicto que mantiene Cataluña con el Estado), Coixet reivindicó su derecho a “hablar sólo sobre su película y no sobre sus ideas políticas”. El actor principal Bill Nighy destacó que trabajar con Coixet fue un privilegio, “No son relaciones públicas pero es de los mejores proyectos que he tenido, amo los libros de Penélope Fitzgerald y además me gustan las librerías independientes, son mi pasión”. Destacó también la brillantez del guión así como el gran trabajo realizado con el reparto por parte de Coixet.

Imagen de Freiheit.
Imagen de Freiheit.

FREIHEIT (Jan Speckenbach, Alemania-Eslovaquia). Resulta complicado justificar la presencia de esta película en la sección oficial, como resulta discutible justamente lo contrario. En ese equilibrio desconocido que los programadores de festivales mantienen para compensar unos continentes con otros, unas lenguas con otras, directores y directoras, es posible que no se haya encontrado una película mejor hablada en alemán y con protagonista femenina, es posible, pero para quien escribe no es verdad. En todo caso «Freiheit» cuenta de manera contenida, con poco diálogo, lo que también es de agradecer, el viaje que una mujer, Nora, recién cumplidos los 40, emprende sin rumbo y con cuasa para nosotros desconocida. La película empieza con un cuadro y termina dentro de una reproducción de ese mismo cuadro, pero entre medias toda la armazón se sostiene sobre el interés que pueda tener el espectador por las razones de ese viaje, que termina pareciendo una huida hacia ninguna parte, porque Nora se ha ido de casa, abandonando marido y dos hijos y un más que aceptable puesto de trabajo en un bufete de la noche a la mañana. En el camino que transforma la película en una road movie de Hamburgo a Bratislava se mantiene ese «macguffin» mezclando el día a día de la mujer y del marido que, abandonado, intenta combinar trabajo y cuidado de los hijos, de manera bastante mejorable, con la consabida constatación de esa infidelidad que se introduce para apoyar moralmente a la huida, hasta que ese, hasta cierto punto, interesante planteamiento, descalabra en la parte final cuando la justificación de esa libertad buscada resulta de bastante poco peso. Utilizar como contrapunto la idea de la Torre de Babel de Brueghel el viejo imagino que es una metáfora de la incomunicación, pero de verdad me parece una metáfora tan escasamente lograda que su efecto final termina de hundir la propuesta”.

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