Agnes Varda.
Agnes Varda.

Que el mejor cine de la Seminci está fuera de su sección oficial se presumía, pero atravesada la mitad de la edición ya es una realidad. Aún se espera “la película” del festival, pero a lo largo de los días han ido proyectándose obras de indiscutible calidad aunque el coleccionista de premios se preocupe más de ver, y poder comentar después, la “que ha ganado” más que en bucear entre las distintas secciones las joyas, ocultas o no tanto, que circulan por las salas, concursen o no. Y da pena que en la sección oficial, sea cuál sea el subproducto proyectado, las entradas se agoten o lleven agotadas desde el principio de su salida a venta, y la proyección ayer de “Visages, villages” sólo ocupara la mitad de una sala de unas 400 personas, eso sí, mayoritariamente jóvenes. “Visages, villages” es una película que merece más atención que un rápido comentario al hilo del festival. Cualquier certamen debería enorgullecerse de contar con ella en su programación, menos Valladolid, siempre pendiente del colorín y el festejo del día. Nada, pero nada de lo visto hasta ahora, con la excepción de la igualmente sobresaliente “La idea de un lago”, se acerca al resultado excelso de la última película de la veteranísima directora, superviviente del movimiento que revolucionó la manera de hacer y pensar en el cine en la década de los 60. Varda, de la mano, y nunca mejor dicho, del artista visual JR, viajan por Francia a la búsqueda de rostros, pero rostros no exentos de historia y de lugares, de trabajos que se mantienen y otros que están destinados a desaparecer. Varda es consciente de encontrarse muy cerca de rodar una especie de testamento, que podemos estar asistiendo a su última película, que nos acercamos a una despedida emotiva, cariñosa, alegre, irónica, evocadora, pero también triste y hasta humillante como es ese último intento de despedirse de su amigo Godard, quien le cierra la puerta de su casa. Varda juega en la película con su propio pasado, desde el primer rostro de su cine, el de Cléo, al de Godard despojado de sus gafas negras en el corto que está inserto en su primera película, la propia “Cléo de 5 á 7”, homenajea y caricaturiza la famosa escena de “Band a part” de Godard corriendo por la galería central del Louvre, recuerda a Guy Debord, a Cartier Bresson, se ríe de sus problemas de visión, ella, para quien la imagen es la esencia de su recuerdo cinéfilo, juega con la muerte sin olvidar que está viva, se deja azotar por la arena en las playas de Normandía, nos deja asistir a las composiciones fotográficas sobre edificios, ruinas, pajares, depósitos, contenedores, homenajea a la mujer sin caer en el prototipo y tópico feminista. “Visages, villages” merece todas las espigas de la Seminci, y merece una presentación respetuosa, merece la atención que una histórica del cine se ha ganado y que el festival parece despreciar proyectando su película en una sección paralela y sin especial publicidad. Esto sí es cine de “autor” y no las inmensas patochadas seleccionadas para cubrir el expediente publicitario en la sección oficial.

GABRIEL E LA MONTANHA de Fellipe Gamarano (Brasil).
GABRIEL E LA MONTANHA de Fellipe Gamarano (Brasil).

SECCIÓN OFICIAL.

GABRIEL E LA MONTANHA de Fellipe Gamarano (Brasil). Asume quien escribe la difícil tarea de explicar las virtudes de una película que, le consta, no ha sido especialmente bien acogida en el pase de prensa, desde promoción turística de África a episodio de “Al filo de lo imposible” como comentarios más amables, la película del director brasileño no es sino la plasmación en imágenes de los últimos dos meses de vida de un personaje real que optó por escapar de su realidad para crearse una vida paralela. Que el personaje de Gabriel haya sido real o no ,me resulta indiferente, pero si es cierto que resulta más chocante que una persona alcance tal nivel de irresponsabilidad y autoexposición al riesgo cuando uno descubre que estamos ante sucesos que ocurrieron de verdad. El viaje de Gabriel (alejado del circuito turístico al uso, es más, muy pocas ganas le quedarán al turista de viajar de esa manera) lo afronta el joven como una aventura en la que durante un año, sin apenas dinero, decide viajar por el mundo. Sólo asistimos al fín del viaje, pero, como vemos en su pasaporte, los sellos y visados de entrada han recorrido todos los continentes. Ni idealista ni comprometido, simplemente afronta el viaje como un reto personal de logro frente a una decepción previa, un fracaso académico y de pareja tambaleante que intenta solucionar mediante la autoimposición de retos cada vez más extremos en los que trata de recuperar y asentar una relación que se antoja complicada y saberse capaz de marcarse un objetivo y cumplirlo. Como las propuestas más salvables de este festival, “Gabriel e la montanha” peca de exceso, lo que se cuenta no necesitaba de tanto detalle ni tanto peregrinar, pero quien comenta estas imágenes no ha sentido la necesidad de mirar el reloj a lo largo de sus 130 minutos, ni tan siquiera de plantearse el porqué de mirar vídas ajenas cuando desde la primera escena, esa rabia del trabajo en África cortando vegetación por muy poco o para muy poco, se conoce cuál va a ser el desenlace final. No hay una apología del continente, si acaso hay mucha burla al “mzungu” que por haber estado más o menos tiempo en contacto con las personas de los países por los que viaja ya no se considera turista cuando, sin embargo, no deja de hacer cosas de turista una y otra vez, cosas que los africanos ni le recomiendan ni le aconsejan. No es una película para descubrirnos, sino para descubrir a Gabriel, aceptar el comportamiento ajeno y contemplar cómo vive alejado de la realidad que le ofrece su novia, ésta sí, consciente de su papel episódico en los países que visitan, sin necesidad de retos ni hazañas. La película de Fellipe Gamarano me convence de principio a fín en el retrato de un hombre desconectado pero que busca su propio sentido a lo que hace, un choque entre ficción y no ficción que el director acrecienta utilizando como compañeros de viaje de los actores que encarnan a la pareja, a los mismos africanos que le fueron acompañando por etapas en los países, personas que, en off, nos cuentan sus sensaciones acerca de Gabriel, su recuerdo, lo que les marcó. Acostumbrados a la forma de valorar las relaciones en Occidente aún nos choca más esa intimidad inmediata que se logra entre Gabriel y los demás, pero ahí sí que entra a jugar el valor social del propio viajero, su determinación en lograr lo que quiere y su fuerza de voluntad difícilmente quebradiza. Para mí es lo mejor visto en la sección oficial, no deslumbra, pero si brilla en varios momentos y nunca languidece, no en vano el jurado de la Semana de la Crítica en Cannes supo valorar su riesgo y su descubrimiento este año.

THE RIDER de Chloé Zao.
THE RIDER de Chloé Zao.

THE RIDER de Chloé Zao. Si por el número y el volumen de los aplausos nos tuviéramos que guiar podríamos concluir que The Rider es la película del festival. No obstante tampoco hay que olvidar que en Seminci se ha pateado a rabiar una de las mejores películas de la historia como fue El sabor de las cerezas de Abbas Kiarostami o que el público del Calderón ovacionó, como si se tratara de Ciudadano Kane, la mediocre e insustancial comedia Nuestro último verano en Escocia, de la que ya casi nadie se acuerda. The Rider no es una mala película, pero tampoco es esa pequeña joya que tanto ha gustado en Cannes o en el Festival internacional de Toronto. Es una interesante aproximación a la idea del vacío existencial en el que todos podemos caer sumidos si tenemos que renunciar a aquel sueño que ha constituído el motivo de nuestra existencia. Existen, curiosamente, ciertos paralelismos entre el personaje protagonista de The rider, un jinete de rodeos que ha sufrido una lesión cerebral incapacitante, y el fotógrafo invidente de la película de Naomi Kawase que reseñábamos hace unos días. Ambos experimentan el vacío de perder el sentido de sus vidas, como consecuencia de una incapacitación física. En el caso de la película de Kawase esa pérdida del protagonista iba unida al descubrimiento de una nueva manera de percibir la realidad, en la película de Zao el protagonista experimenta una unión cuasi mística con el caballo, que ha sido elemento esencial de su pasada profesión y al mismo tiempo es metáfora de una libertad perdida propia del cowboy. La película de Zao no es un western, como dice equivocadamente la reseña de la revista del festival, pero si se inspira en algunas convenciones del género, como es el dar importancia a los paisajes y sus posibilidades expresivas o ciertos planos crepusculares que tienen influencias de Clint Eastwood o de John Ford. La historia que nos cuenta la película recuerda lejanamente a la que nos contaba Darren Arofnovsky en El Luchador. Dos personajes destruidos por los rigores de una profesión a la que han entregado sus vidas. Por lo demás no tienen demasiado en común. El personaje de la película de Zoe es mucho más joven y no tiene tantas heridas emocionales como el que interpretara magistralmente el actor Mickey Rourke. Brady Jandreau es una prometedora estrella del rodeo, al que una inoportuna lesión le impide dedicarse a una profesión que es no sólo su sueño, sino también su vía de escape respecto de una situacíón familiar muy complicada, motivada por las adicciones al juego de su progenitor. Brady es un “vaquero herido”, que para la cultura popular texana es tanto como no ser nada, no tener “hombria”, estar destinado a un trabajo anónimo y poco cualificado como ayudante en un supermercado. Al mismo tiempo tiene una relación muy especial con su hermana autista y con un antiguo jinete de rodeo que sufre graves secuelas físicas derivadas de un accidente de rodeo. Lo menos interesante de la película son esos aspectos emocionales no demasiado bien tratados en el guión y que dejan al espectador la sensación de estar siendo llevado por unos senderos que explotan cierto sentimentalismo innecesario, así como ciertos planos redudantes e innecesarios. En definitiva The rider es una buena película pero esa joya que nos habían prometido, y de la que todavía estamos huérfanos en la sección oficial del festival.

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