Hace algunas semanas, los diarios nacionales informaban que la Agencia Española de Protección de Datos había comenzado a investigar a Facebook por su trasvase de información con WhastApp, el servicio de mensajería instantánea famoso por colgarse de vez en cuando y ser el objetivo de la más justas causas de las acciones online: incluir la paella entre sus famosos emojis de la hamburguesa, los tacos o los espaguetis. Delicias gastronómicas aparte, hay quien también se ha preocupado por la vinculación de esta aplicación con la de Mark Zuckerberg.

WhastApp fue adquirida en 2014, mucho antes de anunciar que comenzaría a compartir información con la red social. Aunque el chat aseguraba hace dos años que su gestión sería independiente y que se seguiría colgando (perdón, gestionando) de forma autónoma, las nuevas condiciones de uso sugieren, más bien, aspiraciones diferentes:

«No obstante, al colaborar con Facebook, realizaremos otras actividades como dar seguimiento a las estadísticas sobre el uso de nuestros servicios, o combatir mejor los mensajes no solicitados (spam) en WhastApp. Y al conectar tu número con los sistemas de Facebook, este podrá ofrecerte mejores sugerencias de amistades y mostrarte anuncios que te resulten relevantes –si tienes una cuenta con ellos».

Por si el mensaje no fuera suficientemente elocuente por sí mismo, The Hamburg Commissioner for Data Protection and Freedom of Information fue mucho más explícito cuando no solo prohibió a la red social recabar datos del servicio de mensajería, sino que además le instó a eliminar todo lo recopilado desde el cambio de las condiciones de uso en agosto. El comisionado alemán concluyó que cuando WhastApp se refiere a «colaborar con Facebook», quiere decir «transferir los datos a Facebook» y que cuando escribe «conectar tu número con los sistemas de Facebook» en realidad está proponiendo «enlazar dos servicios ajenos sin tu consentimiento, querido/a usuario/a».

Otro germanoparlante, Gerald Reischl, podría rematar la traducción del texto anterior para  apostillar que entre todas las bondades que señalan realizar con esa transferencia –«dar seguimiento a las estadísticas sobre el uso de nuestros servicios», «combatir mejor los mensajes no solicitados», «ofrecerte mejores sugerencias de amistades», «mostrarte anuncios que te resulten relevantes»– es la creación de publicidad personalizada lo que verdaderamente interesa a las partes, o al menos a una de ellas, la que viene siendo dueña de todo el proyecto, incluidos el emoji de los tacos.

Así pues, y para recapitular, el texto alternativo, si tuviera un afán menos subrepticio, se hubiera escrito de la siguiente forma:

«No obstante, transferir los datos a Facebook, realizaremos otras actividades como dar seguimiento a las estadísticas sobre el uso de nuestros servicios, o combatir mejor los mensajes no solicitados (spam, pero la publicidad la añadimos la hayas solicitado o no) en WhastApp. Y al enlazar dos servicios ajenos sin tu consentimiento, querido/a usuario/a, este podrá ofrecerte mejores sugerencias de amistades y mostrarte anuncios que te resulten relevantes (donde tú seas un/a cliente/a potencial y te gastes el dinero, vaya) si tienes una cuenta con ellos».

La absorción de unas plataformas por otras y en general la concentración de poder en empresas concretas, no se trata de un fenómeno nuevo, tampoco en Internet. El propio Reischl escribió El engaño Google: una potencia mundial incontrolada en Internet en 2008, donde abordaba el problema en el caso de la compañía de Sergey Brin y Larry Page. Además del buscador, Google Calendar, Google Translate, Google Maps, Google Noticias, etc. se han convertido en herramientas habituales de los y las internautas. Como advierte el periodista, todas las plataformas se correlacionan mediante el uso del mismo correo electrónico (de Gmail, por supuesto), que facilita a la plataforma el rastreo de la actividad en sus herramientas.

«Cualquier empresa con mucho poder se convierte en una amenaza, porque los monopolios no solo crean dependencia, sino que abren las puertas a la manipulación, ya sea de datos, información u opinión» (2008: 31). Según el periodista austriaco, esta acumulación tiene como consecuencia una limitación de las iniciativas alternativas para poder competir contra Google, además del aumento paralelo del poder de esta última, que tiene la posibilidad de rastrear la actividad y recolectar información desde muchos espacios y por tanto en múltiples tareas y bajo diversas circunstancias. ¡Google para gobernarlos a todos. Google para encontrarlos, Google para atraerlos a todos y atarlos en las tinieblas!

El caso es análogo al de Facebook que, junto con WhastApp, tiene en su haber Instagram, PrivateCore y Oculus VR. En la misma lista también se podría considerar Facebook Messenger pues, como bien saben quienes sufran de un espacio reducido en el smartphone, su descarga es necesaria para poder utilizar el chat de la red social desde formatos móviles. Esta (la obligatoriedad) es una características que da la razón a Reischl cuando señala el poco margen que existe para decidir si se acepta o no determinada prebenda de una plataforma, debido en buena medida a la dependencia que estas generan.

Parece poco probable que las señales de humo puedan sustituir como mensajería gratuita a Messenger o WhastApp, e incluso los SMS –aunque la promoción de las compañías permita su envío gratuito– están teniendo el mismo efecto que las pesetas: se han convertido en un instrumento completamente desconocido, y casi arcaico, para quien naciera ya desde los albores del siglo XXI. Parece que en esta nueva era, lejos de la Tierra Media, los anillos de poder tienen la habilidad de descargarse desde Play Store.

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