Ver Los Simpson se ha convertido, en los últimos tiempos, en un ejercicio generalizado de prognosis. La serie animada parte con ventaja: 28 temporadas y más de 600 episodios han posibilitado un abanico tan amplio de situaciones que hace 16 años contemplaron acertadamente la presidencia de Donald Trump en Estados Unidos, cuando su sucesora, Lisa Simpson ‒tal vez mejor candidata que Hilary Clinton‒ ha de encarar la crisis económica provocada en la legislatura (o legislaturas) anteriores.

Como en los asuntos políticos de ferviente actualidad, existe una plétora de situaciones en las que los personajes amarillos de Matt Groening se han adelantado al devenir de los acontecimientos, también en lo que concierte a las tecnologías de la información. Desde las impresoras 3D, los juegos de realidad virtual, las videollamadas o los smartwatchs hasta parodias más subrepticias sobre la posición de dominante de Microsoft ‒cuando Bill Gates «compra» su negocio a Homer‒, el consumismo de Apple ‒los auriculares falsos de «Mapple» cuestan cuarenta dólares‒ o el espionaje masivo ‒los cables del FBI, la CIA y la NSA aparecen en el techo de la casa familiar‒.

Valdría, incluso, el siguiente ejemplo: la Señorita Carapapel, sobre una tabla periódica patrocinada por la empresa charcutera Oscar Mayer, pregunta al alumnado cuál es el peso atómico del «salchichonio», a lo que el aventajado Martin Prince responde «delicioso». «Correcto», contesta Edna, mientras ojea su libro, «también hubiera aceptado lo de riconudo». Aunque esta escena parezca lejos de las cuestiones que se crean y debaten en Silicon Valley, basta con escuchar una vez a Richard Stallman para comprender la importancia de la injerencia del interés privado en los espacios educativos, sean cuales sean sus niveles.

El fundador de la Free Software Foundation considera la enseñanza un factor tan estratégico para el movimiento que es capaz de abrir un paréntesis en una de sus conferencias ‒en esta, concretamente‒ para abordar el tema y arrancar el aplauso de todo el aforo de la Universidad de Salamanca cuando critica que en algunas asignaturas se imponga el uso de software propietario ‒sin acceso a su código de fuente‒. Y ni siquiera considera conveniente que se obligue a que los y las estudiantes busquen informaciones en Google, pues el motor de búsqueda recoge informaciones sobre sus trabajos o calificaciones y viola con ello su privacidad: la universidad no puede formar parte de los sistemas de espionaje a la gente, «porque se sabe que Google espía mucho».

Stallman no cree que los programas propietarios deban educar ni en la universidad, ni en el jardín de infancia o en la escuela para adultos: no se trata de que Mapple venda a elevados precios sus productos, sino de que desconocer el código impide que se pueda leer o escribir sobre él, dos procesos que preceden a la habilidad para implicarse en el diseño de programas y proyectos más amplios. Además, privar del saber que ofrece el código se posiciona «contra el espíritu de la educación», pues el aula es un lugar para «compartir los conocimientos». No se trata de una dimensión económica ‒que Mapple haga negocio en el sector de las tecnologías de la información‒, sino de una dimensión política ‒la educación moral y colaborativa‒.

Por ello, Stallman considera ineludible que las instituciones educativas únicamente utilicen y enseñen software libre. Un idea, sin embargo, que al menos de momento no se asemeja a la realidad: según el «Ranking de universidades en software libre» (gracias a Sergio por el descubrimiento) la de Salamanca se encontraría en el puesto número 23 en relación al compromiso que adquiere en la difusión del código libre (un 13,38%). Dos lugares debajo se sitúa la Universidad de Valladolid, que se involucra con este proyecto un 12,06% de las veces, y destaca en la organización de eventos, mientras que se atrasa en el número de proyectos de investigación en los que participa junto con otras universidades. En más del 80% de las veces, estas dos universidades castellanoleonesas siguen prefiriendo a Oscar Mayer.

Una tabla periódica que enseña sobre charcutería y no sobre química está ejerciendo su poder (arbitrario) para satisfacer sus intereses particulares y crear dependencia, pues esa información y valores adquiridos por el alumnado será utilizada en su vida real. Esta es la lección última de Stallman: la educación ha de alejarse de los intereses comerciales, pues solo con la misión social de crear buenos ciudadanos y ciudadanas se construye una sociedad capaz, fuerte, independiente, solidaria y libre.

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