Es probable que quien lea este artículo no se sienta reflejado, va a leer títulos que ni conoce, ni ha visto en las carteleras de la ciudad en su mayoría. Incluso podrá reprochar al comentarista que se haya olvidado de esas películas de las que sí habla todo el mundo, de los Arévalo, Rodríguez, Bayona, Almodóvar, León……….pero es de ese cine precisamente del que no quiero hablar. Del cine copado y diseñado por las productoras televisivas y que compiten en desigualdad manifiesta con una pléyade de pequeños creadores y pequeñas obras donde el talento desborda la falta de financiación y de publicidad gratuita en todos los programas de las cadenas que las producen. El cine mayoritario ha perdido alma e interés, prefiero historias pequeñas pero con sentimiento. Hay un cine industrial en España destinado a un sector poco exigente de público, que sólo quiere “entretenerse”, que “arrasa” en las taquillas con productos muy preconcebidos pero alejados de la realidad del país y que copa los premios de la propia industria en espectáculos onanistas de reivindicación de la autoestima. A su lado, en pequeñas trincheras, en cines independientes y alternativos, en distribuidoras marginales que se juegan su credibilidad por ser lo único de lo que pueden presumir, frente a aquellos que hace tiempo que la han perdido toda, 2016 ha proporcionado al cinéfilo un catálogo de obras que desmonta, como si fuera necesario, ese slogan maniqueo y de oportunismo político que dice que en España no se hace buen cine.

En los últimos días hemos asistido a la enésima campaña de desprestigio contra el cine español con unos datos burdos y falseados acerca de una veintena de películas que no habían alcanzado el centenar de espectadores. Aparte de aquellas producciones que ya han contestado con datos para rebatir la falacia de su inclusión, el artículo apuntaba más allá, al sambenito de las subvenciones, cuando son las televisiones quienes están acaparando ese dinero a costa y por encima de los pequeños creadores, y al divorcio público-cineastas en España, sin entrar en las causas ni apuntar a la indudable responsabilidad política que desprecia la cultura. Un año que comenzó con “La academia de las musas” de José Luis Guerín (5 semanas en pantalla en Valladolid) y termina con “La muerte de Luis XIV” de Albert Serra (todavía la pueden ver en el único cine que mantiene cierto riesgo en la ciudad), es un año cinematográfico que haría empalidecer de envidia a muchos otros países, dos obras cumbre a nivel mundial cuyo lenguaje visual innova para contar pequeñas cosas, la seducción mediante la palabra de la primera y la inevitabilidad de la muerte aunque seas todo un rey de Francia en la segunda, con una economía de medios que se camufla con exceso de talento y creatividad aprovechando la luz, el reflejo, la anécdota, como base de la creación en ambos casos.

Un año donde el cine español ha vuelto a ser premiado internacionalmente, ya lo fue Guerín en 2015 en el festival de Sevilla (conviene recordar que la película fue despreciada por la Seminci de 2015, en una clara muestra de ineficacia y ceguera profesional), lo ha sido Oliver Laxe con “Mimosas” en Cannes, Eloy Domínguez Serén con “No cow on the ice”, documental hiriente dedicado a todos esos políticos que siguen defendiendo que nuestros jóvenes se van al extranjero porque están muy bien formados y tienen inquietudes, cuando la realidad es que se van para malvivir, porque no tienen trabajo en España y para trabajar de cualquier cosa. Premiado ha sido Andrés Duque con su “Oleg y las raras artes”, retrato de un artista genial, medio músico excepcional, medio personaje extravagante, Oleg Karavachiuk, defensor de Stalin y de los zares, ligero y frágil como sólidos sus argumentos, y Mauro Herce, director de fotografía que, con su primera película, “Dead slow ahead”, transforma un viaje en un carguero a lo largo de los océanos, en una experiencia sensorial y mística, de lo externo a lo más íntimo del ser humano en medio de la inmensidad de un medio ingobernable. O Juanjo Giménez, que con su “Timecode”, en apenas cuarto de hora, filma una historia de romanticismo arrebatador y sin palabras en el medio menos adecuado para ello, un garaje en el que dos vigilantes se escriben cartas de amor mediante videos de danza filmados, por algo ganó la Palma de oro en Cannes.

2016 ha confirmado que Juan Cavestany es uno de los mejores exponentes de un nuevo tipo de cine, dentro de la comedia absurda que exagera las situaciones cotidianas hasta hacerlas creíbles y cercanas mediante el exceso, pero además tiene seguidores que pueden hacer tan buen cine como él, si “Esa sensación” es un cruce alucinógeno de varias historias, “Berserker” de Pablo Hernando es uno de los “noir” psicológicos mejor construidos de la historia del cine español, y Hernando y Genisson (Canódromo abandonado) colaboran con Cavestany para llevar a cabo el conjunto de sensaciones de la primera. Pero 2016 ha llenado el catálogo de primeras obras o segundas, de absoluta maestría, como “La película de nuestra vida” de Enrique Baró, retrato intergeneracional de una infancia que ya no existe, recreada en un día de verano donde los intérpretes retroceden en el tiempo para comportarse como si siguieran en los 70-80, o “Sipo Phantasma” de Koldo Almandoz, un viaje marino donde, entre el absurdo del comportamiento humano en medio de un crucero vacacional, se nos introduce en la historia de Bram Stoker, en el Nosferatu de Murnau, en las relaciones entre ambos y la existencia de una película que pudo desaparecer por empeño de la viuda de Stoker, o el soberano trabajo de Guillermo G. Peydró en “La ciudad del trabajo”, alrededor de la Universidad Laboral de Gijón, con un ingente trabajo de documentación recuperando las pistas de sonido de innumerables películas españolas de esos años para insertarlas en las imágenes del delirio franquista. O “Os días afogados” relato de un lugar que ya no existe mediante el uso de las imágenes del pasado, “Freedom to kill the others children” de David Varela, jugando con el sentimiento recíproco de odio y revancha entre israelíes y palestinos; la irreverente creación discursiva del colectivo Terrorismo de autor con su “Yo me lo creo”, atractivísima y breve película donde un presunto “loco” nos canta las verdades a los “cuerdos” y nos demuestra lo cobardes que somos día tras día, o “La substáncia” de Lluis Galter, viaje del original a la copia hasta crear un tercer lugar que no podemos desentrañar entre ese Cadaqués de Girona y la copia exacta realizada en China.

Un año excepcional, otro más, de gran cine. Un gran cine al que la mayoría no tiene acceso porque el público se ha acostumbrado a lo fácil, a la comedia amable y visualmente académica, porque el público huye del compromiso y de la participación con el creador para interpretar su propia experiencia, anhelando que la película sea tan clara y diáfana como para no proporcionar diferentes variantes y no hacer pensar. Un público adocenado que no exige del exhibidor mayor riesgo, llenando la cartelera comercial de subproductos indignos semana tras semana, de dudosa inteligencia y nulos, o ínfimos, valores artísticos, y que deja pasar la oportunidad de saborear productos de tanta calidad como los mencionados, prefiriendo el superhéroe de turno o la comedia de equívoco sexual para adolescentes excitables. Por eso hay que aplaudir iniciativas como Plat, plataforma de creadores audiovisuales españoles para dar a conocer sus obras, Márgenes, un auténtico modelo de distribución y de festival gratuito on line donde el cine español arriesgado y de calidad siempre tiene un lugar preferente, los cines Numax de Santiago de Compostela o “Zumzeig” de Barcelona como ejemplo de lo que necesitamos en otras provincias para respirar entre tanta miasma, programas de radio como “El cine que viene” de Samuel Alarcón en Radio 5, que mantiene un contacto permanente con el más novedoso cine español, el festival de Sevilla con sus “Nuevas Olas” y “Resistencias”, el festival Alcances de Cádiz, plataforma anual donde el documental español disfruta de un escaparate privilegiado, o como el de Pamplona, Punto de Vista, y al que seguramente, tras la renovación del equipo de programación, se va a incorporar Documenta Madrid. Algo se mueve, muy profundo, pero subiendo poco a poco, entre los cineastas españoles. Ojalá llegue a buen puerto, aunque en Valladolid no lo notemos y sigamos anclados en clichés arcaicos donde es más importante el nivel de inglés que el riesgo y las ganas de educar al público.

No hay comentarios