Es necesario esperar todo.

No temer al tiempo ni a los Hombres.

Isidore Ducasse

Hoy es un día lluvioso de febrero y bajo la lluvia todo se vislumbra de un modo diferente,de alguna manera, nuestra mirada,mi propia mirada se disloca y se acomoda a un muy distinto discurrir del tiempo, todo alrededor se lentifica, se disminuye, es atravesado por un rayo de luna de grisáceos esquemas, y es en éste contexto en el que me propongo escribir sobre uno de los poetas más enigmáticos, anhelantes de muerte y cosidos de misterio de la historia de la poesía reciente.

De inicio,me formulo demasiadas preguntas aún sin respuesta, ¿cómo afrontar a éste poeta?, ¿cómo redimirlo de sus acuciantes y profundos males?…….

Isidore Ducasse nació en 1846 en Montevideo de padres franceses. Su padre era el cónsul de Francia en esa ciudad, y de su madre, cuya biografía se dibuja entre la bruma y la leyenda,se llegó a a sospechar que tras una vida de apego a los opiáceos y a la belladona recurrió al suicidio a muy temprana edad.

Este luctuoso acontecimiento marcó con seguridad y de ahí en adelante la vida de Isidore.

Realizó sus estudios secundarios en Francia,en el colegio de Tarbes y el liceo de Pau respectivamente,donde permaneció interno. Desde allí, viajó a París para preparar su ingreso en la escuela politécnica. Transcurridos unos años de oscuridad y de los que no se han encontrado datos concretos,en 1869 y bajo el pseudónimo de Conde de Lautréamont, se publica su obra en prosa poética los Cantos de Maldoror.

Después de haber pasado 23 años inadvertido en el terreno literario debido a múltiples cuestiones, es redescubierto por Tristan Tzara y André Breton.

Tanto los surrealistas como los dadaístas convirtieron a Ducasse en su “máximo profeta”, en su sacro referente por la negritud blasfema que su obra rezumaba, por su automatismo demoniaco, sus enfermos delirios, su ruptura con todos los esquemas reconocidos por los hombres.

No es un caso único, ya que de igual forma,poetas románticos como Shelley o William Morris se inspiraron o se sintieron indeleblemente influenciados por sus personales daimones, en ocasiones obsesivamente,a la hora de pergeñar sus respectivas obras.

Antonin Artaud llegó a afirmar que en el futuro tendríamos miedo de que los contenidos de la poesía ducassiana emergieran cual vaho lechoso de los libros y enloquecieran nuestra realidad.

Cuando se lee la poesía de Ducasse, a uno se le revelan las grandes concomitancias entre éste poeta y la figura de Job, el sentimiento de vulnerabilidad, de angustia vital, la desolación conforme a un hacedor-creador que rumia en silencio la visión de nuestro dolor más profundo, del ahogo que toda existencia provoca en el sintiente, en el viviente al que centrifugan en el vértigo de la vida.

Job protesta y grita airadamente contra Dios y su creación, contra él mismo, renegando de su propia existencia, que al igual que Maldoror, el protagonista de “los Cantos”, considera un oprobio y un ensañamiento fatídico de la mano ejecutora del demiurgo.

Semejantes paralelismos se pueden encontrar si lo confrontamos con Dostoievski y su obra narrativa, que contiene sobre todo,penetrantes análisis psicológicos de sus pesonajes, todos frente a Dios, o al menos frente a la idea que Dostoievski se hacía de Dios, intimando con ella de manera constante, persuadiéndose de la decadencia espiritual del hombre occidental, redescubriendo y reinventando las mil caras del innombrable.

Maldoror, el antihéroe protagonista de “los Cantos”, no es un ser como los demás,es un ente, un engendro monstruoso,contenedor de todo el pavor que acosa sin remedio a nuestro mundo y condenado, -al igual que “el demonio” de Lermontov-, a errar por los inframundos sin poder alcanzar el amor, la comprensión o la amistad de ninguna criatura. Éste, desgarrado por la turbiedad de la condición de los hombres, aulla enfrentado a un destino que le depara un cielo demasiado opaco.

Los Cantos de Maldoror están sembrados de contínuas y constantes laceraciones y diatribas destructivas,acusadoras contra el hombre y su arquitecto: Mi poesía sólo consistirá en atacar por todos los medios al hombre,esa bestia salvaje, y al Creador, que no debería haber engendrado semejante canalla.

En su particular pandemónium, Ducasse contrapone el mundo del hombre y la dimensión en la que se supone habita la divinidad,con lo que él da en llamar “la verdad suprema”, las matemáticas y su sagrada trinidad: ¡Aritmética!,¡Algebra!,¡Geometría!,¡Trinidad grandiosa!, ¡Triángulo luminoso!, ¡El que no os ha conocido es un insensato! Merece que sufra los más grandes suplicios, pues en su descuido ignorante hay un ciego desprecio; pero aquel que os conoce y os aprecia, no quiere ya nada de los bienes de la tierra; se contenta con vuestros goces mágicos, y, llevado por vuestras alas sombrías, no desea más que elevarse, con un vuelo ligero,construyendo una hélice ascendente, hacia la bóveda esférica de los cielos.

Se atreve también, como dije anteriormente, a arremeter con paso inmisericorde contra La Humanidad, de la que habla siempre en tono apocalíptico: Si la tierra estuviera cubierta de piojos, como de granos de arena la orilla del mar,la raza humana sería aniquilada, presa de dolores terribles. ¡Qué espectáculo!. Y yo,con alas de ángel inmóvil en el aire,para contemplarlo.

Persigue y recrimina en reiteradas ocasiones al mismo Dios, al que acusa de ceguera sensitiva,de mármol imperturbable: ¿Hasta cuándo conservarás el culto carcomido de ese Dios insensible a las oraciones y a las ofrendas generosas que le ofreces en holocausto expiatorio?. Mira,el horrible manitú no te agradece las grandes copas de sangre y de seso que tú derramas por sus altares!……..

Por encima y más allá de todo, lo que yo deseo es aportar otra visión, mirar a Ducasse desde otra óptica muy distinta a como todos los autores le habían enfocado hasta ahora.

Humildemente, estaría por afirmar que éste poeta, con todo su bagaje, no es en absoluto una suerte de demonólatra desatado, sino que todo el trasfondo, todos los aspectos demoniacos, irreverentes, provocadores, esotéricos o iniciáticos de su poema en prosa, están muy lejos de constituir un intento de sublimar el dolor o la blasfemia gratuitamente, no constituyen tampoco la detención o el regodeo en las oscuridades del alma humana, muy al contrario, son una exposición de tales realidades, -conscientes o inconscientes-, para así poder llegar a superarlas por medio de un rito apotropaico.

Un ir ascendiendo por la escala de la hediondez humana hasta hallar un “hombre nuevo”, libre de las cargas y ataduras que se le imponen,redimido y redentor, un Prometeo de carne y hueso.

Los poetas, entre los que modestamente me incluyo, y claro está, también Lautréamont, somos unos fervorosos “creyentes del amor” rodeados de un océano de cíclicas mentiras, de crímenes imperfectos de consumismo-destrucción.

Nos empeñamos en la búsqueda perpetua de un hombre y una mujer edénicos en su esencia, luchamos feroces contra la desvalorización nihilista del ser humano, muy propio de estos tiempos de tiniebla y de militante antipoesía en los que vivimos.

Nos debatimos como existencialistas desnudos,aherrojados a un mundo que intentamos reconstruir desde los cimientos mismos de la conciencia.

Desde este momento, en esta tarde fría de febrero,convoco a todos para que relean la poesía de Isidore Ducasse,depositaria de la más terrible de las angustias, del sentimiento de abandono en medio de una creación tan incomprensible como incognoscible para el poeta, y de manera inequívoca, para todo ser humano que en algún momento se plantee ¿quién es? O ¿cuál es el sentido último de su vida?, si es que esta tiene alguno.

Me atrevería a decir que para el Conde de Lautréamont y a pesar de todo lo anterior, sí que tenía un sentido final, aunque esta nos comprometa a una búsqueda incesante desde nuestras conciencias provistas de eternidad.

La vida, el amor, la amistad, el ágape, el eros,el conocimiento…. tienen carácter de eternos para cualquier poeta, para cualquier persona que sepa rastrear en su entraña luminosa.

Isidore Ducasse, es el genio de la tormenta, el portador del fuego sagrado,del rayo jupiterino que alumbrará a venideras generaciones,porque la poesía es dialéctica, paideia, asombro… y la caverna oscura es metafísicamente imposible sin los campos abiertos de la luz.

No hay comentarios