La experiencia de la guerra, como la experiencia de todas las crisis de la historia, de todas las calamidades y de todos los puntos de inflexión en la vida de un hombre, turba el entendimiento y quebranta el espíritu de algunos, pero a otros los ilumina y los atempera. V.I.LENIN

Son las diez de la mañana, me encuentro sentado en la sala de espera de un centro de salud, uno de esos lugares donde se gestiona la enfermedad de forma aséptica, empírica, orgánica y fríamente, donde jamás es tenida en cuenta la dualidad del ser humano, -cuerpo y psique-, toda su carga biográfica anterior, el entorno lúgubre de su medio laboral, ni nada que remotamente se le asemeje.

No se administra salud en el sentido holístico, por consiguiente, se juega con la enfermedad, recetándole fórmulas que ya no son magistrales, pensadas para retrasar el dolor y la muerte que otros muchos, implacablemente, nos están inoculando sin piedad.

Éste es el medio en el que cualquier ciudadano del mundo, desde el occidente hasta el oriente, se mueve y manifiesta entre alarmado y estupefacto, éste es el sistema capitalista, el mismo que jura y perjura ser el único camino que conduce a la clase obrera al paraíso.

Éste es el sistema capitalista, el mismo que promueve la mercantilización de todos los ámbitos de nuestras vidas, incluyendo el de la medicina, mediante la asunción por parte de ésta de los valores neoliberales de competitividad y eficiencia económica, provocando una intensa deshumanización de tal disciplina.

Continuo en la sala de espera y una sombra de tristeza se apodera de mí e insiste en pegarse como una costra a mis pensamientos, sí, una sombra que en esta mañana y en este gélido centro de salud me evoca el recuerdo de algunas personas demasiado queridas, el recuerdo de mis hermanas, el de la abuela Piedad, el de la persona que abrió mis ojos al infinito, el de mamá.

Dado que el cripto-capitalismo impuesto con la espada de la propaganda mediática, se me antoja una pesadilla orwelliana, vuelvo la mirada al pasado en búsqueda de alguna esperanza a la que poder aferrarme.

Mi deseo es contar desde la máxima objetividad posible, pero también desde mi propia subjetividad, los hechos que acontecieron en Rusia entre febrero y octubre del año 1917.

Ha caído la noche, y ya de madrugada me entretengo barriendo con mis ojos la pantalla de un televisor, en él aparecen imágenes que parecieran sustraídas de otro mundo, más allá de los sentidos, más allá incluso de la mirada del niño perdido en el que me convertí en cuanto soltaron mis manos y pude hollar las calles con mis propios sentidos, en el momento preciso en el que me dejaron sólo y vulnerable, sitiado por la senectud de una forma de vida abominable.

En las imágenes que emite el televisor, percibo con claridad como masas ingentes de personas son emboscadas por el hielo y el frío, devastadas por el hambre y la desesperanza que les impone uno de los regímenes más autócratas del siglo XX, el zarismo y su simbiosis con la falsa religión.

Éste cesarismo de inspiración divina está personificado en la figura del Zar Nicolás II de la dinastía Romanov.

El Zar esgrime contra sus súbditos un feudalismo atroz, derrama la sangre anémica de millones de rusos, impone la servidumbre y la muerte a diario en todo su imperio.

Pero de improviso y casi sin darme cuenta, una intensa luz es proyectada desde unos focos que parecen empotrados en la oscuridad del cielo de San Petersburgo, los rostros demacrados y la piel de ceniza de los soldados, obreros y campesinos son iluminados desde un ámbito casi irreal,-el plano ha cambiado-,unos acordes de serena contención suenan de fondo, es un Shostakóvich nacionalista y emocional y en cuestión de segundos todo se convulsiona, la naturaleza del lugar, los rostros de los presentes. La oscuridad de la noche se polariza y enorgullece y subido en una vieja tarima de madera aparece Lenin, saludando, lanzando consignas, enardeciendo a los que le escuchan.

Estoy presenciando su llegada a la estación de Finlandia de Petrogrado después de haber pasado algún tiempo en el exilio.

Pero habrá que retrotraerse algunos años atrás, en concreto al 21 de febrero de 1848,cuando se publica uno de los opúsculos políticos más importantes de la historia, un detallado programa teórico y práctico, ”El Manifiesto Comunista”, en él se expone toda una concepción filosófica e histórica:

“Toda la historia de la sociedad humana, hasta el día ,es una historia de la lucha de clases.

Libres y esclavos, patricios y plebeyos, barones y siervos de la gleba, maestros y oficiales; en una palabra, opresores y oprimidos, frente a frente siempre, empeñados en una lucha interrumpida, velada unas veces, y otras franca y abierta, en una lucha que conduce en cada etapa a la transformación revolucionaria de todo el régimen social, o al exterminio de ambas clases beligerantes”.

Es un programa político en el que se plasma la perentoria necesidad de construir una nueva sociedad, fundamentada en relaciones más equitativas y justas entre los hombres.

De aquí beberán, ávidos de transformar los flujos siniestros de la historia, los más relevantes sujetos revolucionarios, los que finalmente intenten llevar a la praxis las ideas expuestas en el manifiesto.

En febrero de 1917 sobre Rusia se precipitaban grandes olas de agitación política, los obreros, hombres, mujeres y niños, morían de agotamiento en el tajo y ante la indiferencia del Zar y su camarilla de gobierno, las huelgas fabriles se generalizaron por todo el país.

El 2 de marzo, el Zar se ve obligado a presentar su abdicación tras la cual será instaurado un Gobierno Provisional burgués encabezado por Alexander Kérenski.

Varios meses más tarde y después de intensos debates internos, en el partido bolchevique se toma la decisión de asaltar el poder para tomarlo en sus manos.

El 24 de octubre de 1917,a las 21:45 h, el Crucero Aurora lanzaba dos salvas desde el río Neva, era la señal acordada para lanzarse al ataque.

El 25 de octubre, el ejército revolucionario, provisto de quince mil guardias rojos, marineros y soldados, emprende el asalto del Palacio de Invierno sede del gobierno provisional, irrumpiendo al cabo de unas horas en la sala donde están reunidos todos los miembros del gobierno y es en esos instantes en los que el líder bolchevique Antonov Ovséyenko grita: En nombre del comité militar-revolucionario quedan ustedes arrestados!!!

La Revolución Rusa ha sido consumada y esto supone un gran paso adelante en la historia de la Humanidad, en la emancipación y liberación de sus cadenas de todo el género humano.

Desde este día, Lenin, que estaba al frente del soviet de Petrogrado y que es erigido en el primer dirigente del país, declara el Estado Proletario, instituyendo los tres primeros decretos: “Decreto sobre la paz”, Decreto de la tierra”, ”Decreto de la formación de gobierno”.

Por medio de estos decretos se afrontan las cuestiones más acuciantes, como son la colectivización de la tierra y la declaración del armisticio en la guerra contra Alemania.

Los grandes líderes revolucionarios,-Lenin, Troski, Plejánov-, habían sido claramente influenciados por la filosofía de Carlos Marx y F.Engels y estos a su vez, fueron permeados por el pensamiento de hombres como Hegel, el gran filósofo idealista alemán.

En una de sus obras más significativas, ”La fenomenología del espíritu”, Hegel escribe que el sujeto-el amo-se constituye cuando el objeto-el esclavo-acepta su condición, esto supone toda una teoría sobre el ser social del hombre e implica así mismo una serie de consecuencias, la más importante es que la acción revolucionaria sólo puede emanar de la negación de ese vínculo de dependencia por parte del esclavo que desea y anhela acabar con la supremacía del amo, es decir, la acción revolucionaria nace de la ruptura total con la dialéctica del amo y el esclavo.

En mi opinión, en el trascurso del siglo XX las izquierdas herederas de esta tradición, se desviaron de su curso natural, dejándose arrastrar por los efluvios de la filosofía post-moderna, asumiendo como propios una serie de puntos de la post-modernidad y dejando atrás sus verdaderas fuentes, su razón de ser, la lucha de clases.

Estos puntos serían los siguientes:

1-La deconstrucción. Consiste en el movimiento contrario al llevado a cabo por la modernidad, es decir, lo anterior ya no vale, es considerado caduco o anacrónico,y aquí podríamos incluir los grandes conceptos del marxismo tradicional, el proletariado, la alineación, la mercancía como fetiche, la plusvalía, etc.

2-La pérdida del centro. Es la inexistencia de un referente único que pueda dar razón de la realidad.

3-La meta- prescripción. Muchas normas y muchas formas de comportamiento, no hay una misma forma de pensamiento, cada quien tiene sus propios puntos de vista.

4-Neo-narcisismo.Es el individualismo amplificado,la persona centrada en sí misma.

En definitiva, la sociedad post-moderna se basa en una moral relativa, sustentada en un individualismo ( estoy sobre la moral) ya no tan ilícito, sino aceptado como un desarrollo lógico de la auto- conquista del hombre.

Desde mi punto de vista, el hombre contemporáneo habría sido abducido por las ideologías faústicas del capitalismo rampante y del individualismo narcisista, pauperizando su capacidad intelectual, infantilizando su visión de la realidad y llevándole a convertirse en una alienante sombra de lo que en realidad debería ser.

No tengo dudas, de que tanto en el desarrollo histórico de la revolución rusa como en el posterior devenir de la Unión Soviética, se cometieron errores y burocracias intransigentes y que a modo de caballo de troya se colaron algunos individuos mefíticos e indeseables, pero a pesar de ello, aquel acontecimiento histórico buscó afanosamente y con honestidad el advenimiento de la utopía con la que tantos hombres y mujeres hemos soñado desde los albores de la civilización.

Me vienen a la memoria aquellas palabras de Emmanuel Lévinas : “La esencia de la razón no consiste en asegurar al hombre un fundamento y poderes ,sino en cuestionarlo y en invitarlo a la justicia”

La revolución rusa forma ya parte del inconsciente colectivo, es un arquetipo totalizador y de justicia universal, la verdad y la justicia son entidades inmutables y no habrá relativismo que pueda terminar con ese sentido igualitario que llevamos dentro de nosotros.

El apoyo mutuo, la confraternización, el sentido colectivo de la vida, son elementos esenciales que conforman al ser humano como tal.

Sin ellos, los hombres deambulan, caminan extraviados, sin sentido, vagabundean sin espíritu, es decir, ya muertos.

Se torna más necesario que nunca, creer en la capacidad del género humano para dar un salto evolutivo hasta alcanzar una organización política y una sociedad verdaderamente humanas.

Deseo unirme a aquéllos hombres y mujeres que fueron artífices de la revolución porque aunque estos hayan muerto o desaparecido, aunque su legado haya sido diezmado, tergiversado o manipulado, sus actos prevalecerán para siempre!!!

A Lenin, a Leon Trotski, a Aleksandra Kollontái, a Rosa Luxemburgo, a Zinóviev, a Kamenev, a Plejánov.

A todos los anónimos compañeros del movimiento obrero que con su lucha y su sangre nos hicieron soñar….

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