A Yolanda, mi gran amiga de Sabadell, ojalá que tu afán de vivir en una nación libre y republicana se haga realidad. Tu sabes que yo ya no creo en las naciones, ni en las patrias, nada me dieron las banderas o las naciones, más bien me lo arrebatan, sometiéndome a un sistema que no ama a las personas, que destruye todo lo bello que hay en este mundo. En cambio, si que creo en tu sonrisa y en la cadencia de tu voz, siempre tan dulces, tan humanas.

Para Alejandra, el verdadero y oculto amor de Gustavo Adolfo Bécquer, su ángel precursor y que allí permanece, todavía, esperando en Toledo. Para todos nuestros ocultos y verdaderos amores.

Yo sé un himno gigante y extraño

Que anuncia en la noche del alma una aurora,

Y estas páginas son de ese himno

Cadencias que el aire dilata en las sombras. 

Gustavo Adolfo Bécquer

 

Mi autobús estaba a punto de embocar la estación, cuando alcé la mirada y con un movimiento ocular, lentificado por el cansancio del viaje, enfoqué y ajusté la visión sobre esa roca lastrada y dentellada por el tiempo, que es Toledo.

Allí esperaba encontrarme con una amiga y con las huellas aún tiernas de Gustavo Adolfo Bécquer, pretendía consolidar una amistad y al tiempo seguir los pasos del gigante romántico, del eterno enamorado, del visionario perseguidor de mujeres de piedra, de estatuas orantes que cobran vida, de judías crucificadas por sus propias huestes, de endriagos, gárgolas encantadas y empedrados que hablan de su pasado y susurran responsos por la ciudad.

Imaginaba que allí estaría Ayanta, aspirando el mismo denso aire que yo respiraba, transitando a través de alguna de las laberínticas calles y callejones secularmente olvidados, abandonados al socaire de los muertos que allí mismo yacían yertos, pero vigilantes.

De momento todo estaba en el aire, latiente, bullendo en un marasmo de incógnitas, pero en el aire. Descendí con mi pausa habitual las escalerillas del vehículo y posé los pies sobre el suelo toledano, minado desde hace milenios de intrincadas cuevas, de ídolos y brujas, de ánimas penando y lamentando su destino en vida y la encanallada oscuridad a la que fueron arrojadas en la muerte.

Me dirigí presuroso hacia el centro de la ciudad, habíamos quedado en encontrarnos en la misma plaza de Zocodover, centro neurálgico del Toledo morisco, caminé por altos repechos, mi conciencia asida a duras penas a mi cuerpo, mis piernas como dos bloques de plomo en movimiento, arrasado por un calor intenso, pero invadido de la emoción que me era inyectada por el cada vez más próximo encuentro con Ayanta y con el no menos misterioso rastro de uno de los mayores poetas de nuestro romanticismo, y el que a la postre, vendría en ser el gran enamorado de Toledo.

El esperado encuentro con mi amiga se post-puso, Ayanta me emplazó a que nos citaramos una hora más tarde junto a la iglesia de Santo Tomé, el que tal vez sea uno de los lugares más visitados y admirados por esos extraños seres, mezcla de impostura, selfies acrobáticos, Mishimas regordetes, samuráis prejubilados y yanquis compulsivos comedores de helados, que son los turistas. Si el Greco levantara la cabeza, creo que le llenaría de amargura contemplar esa recua de insulsos admiradores, corriendo como posesos tras una banderola que es agitada sin cesar. Lo que yo buscaba en Toledo era algo tan diferente, deseaba rastrear todo aquello para lo que nuestros ojos están altamente incapacitados, rastrear el meollo del misterium, el secreto último del amor, de la amistad, del vínculo biológico y espiritual con otros cualesquiera seres, ya estén vivos o muertos, de esa causa última de la vida que habitaba a buen seguro en Toledo y que azotaba mi aliento cada vez que pisaba sus calles.

Otros muchos, antes que yo, habían penetrado en sus callejones, habían enloquecido víctimas de una fiebre aún sin explicar y que lleva a los hombres hasta los límites de la realidad, el Greco, Rilke, Casanova, Lope de Vega, Cervantes, Góngora, Benito Pérez Galdós y por supuesto Gustavo Adolfo Bécquer, entre otros.

Al fin me encontré con Ayanta, frente a la iglesia de Santo Tomé, a unos metros tan sólo de la sala donde se puede contemplar el gran cuadro de el Greco “ El entierro del Conde de Orgaz”, ese mural esotérico, tan avasallador como inquietante, en el se funden la materialidad de este mundo con la desmaterializada y espiritualizada extensión del más allá. Observar el cuerpo sin vida del Conde, con ese toque de levitación asombrosa, deja al que lo contempla con una cierta parálisis en el alma.

En cuanto Ayanta me vio, su rostro se transfiguró, y comenzó a asomar en él un rictus de seriedad que me preocupó, ella por su parte, me expresó la extrañeza que le provocaba que nos encontráramos en ese preciso momento, en ese lugar tan especial. Se sentó a mi lado y comenzamos a charlar con la misma espontaneidad a la que estábamos acostumbrados, hablamos de Toledo y de un sinfín de temas más, yo la tranquilicé, indicándole que intentaría comportarme como el mejor de los cicerones posibles en medio de aquel laberinto de piedra, y que si fuera necesario, mataría al Minotauro sin dudarlo.

Esa misma noche le hablé de Bécquer, del Toledo becqueriano, del Bécquer transeúnte ocasional pero también residente por algún tiempo en esa ciudad. De cómo concibió la idea de escribir “La historia de los Templos de España” y que esa misma idea le llevó a descubrir aquella concentración de belleza derruida, de melancolía y exuberancia de misterio.

Ella me escuchaba con los ojos muy abiertos y reconcentrada en algún lugar oculto, en su desconocido interior. Le relaté como Gustavo Adolfo había recorrido el claustro abandonado de San Juan de Reyes, y como entre sus columnas, sus capiteles y sus losas sepulcrales, creyó haber intuido multitud de ánimas pretéritas, de ninfas y espíritus vagando, de damas y cortesanas que suspiraban por encima de los rumores del Tajo, directamente a sus oídos, a su corazón ya demasiado contraído por la aspereza de la soledad, y no de cualquier soledad, sino de una soledad que resulta poetizada y enfrentada al averno.

Le conté igualmente, la forma en como el poeta había combatido el asalto constante de su propia soledad, creando ensoñaciones, y que en un permanente delirio, se sostenía en la creencia de haber descubierto la oculta mirada con la que una mujer de extrema dulzura le obsequiaba desde un ventana, guardada ésta por una fina cortinilla. Así lo dejó plasmado en su leyenda “Las tres fechas”:

Ya la ventana de por sí era digna de llamar la atención por su carácter; pero lo que más poderosamente contribuyó a que me fijase en ella, fue al notar que cuando volví la cabeza para mirarla, las cortinillas se habían levantado un momento para volver a caer, ocultando a mis ojos la persona que sin duda me miraba en aquel instante.

Seguí mi camino preocupado con la idea de la ventana, o mejor dicho, de la cortinilla, o más claro todavía, de la mujer que la había levantado, porque, indudablemente, a aquella ventana tan poética, tan blanca, tan verde, tan llena de flores, sólo una mujer podía asomarse, ¡ cuánto no soñaría yo con aquella ventana y aquella mujer

A la mañana siguiente, una luz torrencial atravesó los ventanales del apartamento donde pernoctábamos, no sabía con certeza lo que nos depararía ese nuevo día en Toledo. Entre los dos acordamos visitar la sinagoga del Tránsito y el museo sefardí y hacia allí nos dirigimos manteniendo por el camino una más de nuestras animadas e interminables conversaciones, los vientos carpetanos acariciaban nuestros rostros provocando que los cabellos de Ayanta revolotearan en torno al óvalo de su cara, jugueteando con ella, mimándola, aliviándola de un calor de fósforo que requisaba nuestra energía a cada paso que dábamos.

En el mismo instante en que llegamos al umbral de la sinagoga, sus ojos se entornaron, su mente y su pensamiento ya no estaban allí, conmigo, es como si hubieran emprendido una hégira diurna hacia el otro extremo del planeta. Lo que ocurriría unos minutos más tarde, una vez en el interior del museo, es algo que prefiero dejar fuera de cuadro, fuera del campo de visión de cualquier ser humano sin un mínimo de sensibilidad, de compasión, porque no lo entenderían, no lo concebirían, no formaría parte de su comprensión del mundo, por lo extraño y lo íntimo de lo allí acontecido.

Ya pasadas las cinco de la tarde de ese mismo día, nos despedimos para que cada uno pudiera seguir su propio camino, su personal recorrido iniciático por las calles de Toledo, ella tenía un algo de lamento en su mirada, y yo la quise más que en ningún otro momento de nuestra ya larga amistad, la quise en silencio, en ese silencio que nadie puede alcanzar a presentir.

Busqué entonces la soledad más absoluta que pudiera concebirse, necesitaba pensar, meditar, escudriñar esas mis últimas horas en Toledo, a través de la plaza de la Cabeza me interné en la calle del Cristo de la Calavera, la paz que allí encontré, vibraba, reverberaba en todo mi ser, las piedras parecían correr de estampida, bien hacia el cielo, bien hacia el infierno, hasta tal punto que por momentos creí perder la verticalidad y sufrir lo que algunos han dado en llamar un estado alterado de la conciencia. Siempre tuve la seguridad de que esta ciudad desprende tal telurismo, que si uno permanece atento, es capaz de provocar la alteración de la conciencia, que es como un gran espejo cósmico donde se nos revela nuestro verdadero yo y ese trasiego de sombras, que tanto G A Bécquer como su hermano Valeriano, percibieron con tanta claridad. Las sombras quieren salir de su tiniebla, desean amar y ser amadas, anhelan luz, yo las he intuido, allí, pululando por el patio de la casa de Gustavo Adolfo y de Valeriano, junto al laurel que un día plantaron para que lo inhóspito se trocara en sagrado.

Tomé mi cafetito, clavé la mirada en el vacío, me confundí y me perdí entre la gente, en algún lugar de Toledo, entre esos turistas desprovistos de alma, difuminado en una masa sin forma y sin vida, persiguiendo sin descanso, en un camino devocional, los pasos de Bécquer.

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