Este próximo domingo 27 de octubre tendremos elecciones generales y municipales. Tranquilos, que no será en España: hablo de Uruguay, donde elegirán gobierno y alcaldías. Es una experiencia curiosa, y recomendable vivir un proceso electoral aquí. Y es que en Uruguay el centroizquierda es hegemónico. Os hago un resumen rápido:  en 1971 se constituyó el Frente Amplio, resultado de una alianza entre el Partido Socialista y el Partido Comunista, a la que se adhirieron una miriada de agrupaciones menores. Tras la dictadura, el Frente ganó su primera victoria importante conquistando la alcaldía de Montevideo en 1989. La ha conservado durante los últimos 30 años, que se dice pronto, y todo indica que la revalidará este próximo mes de octubre.
En 2005 ganó la presidencia del gobierno. Lo hizo con Tabaré Vázquez (que ahora es presidente de nuevo). En 2010 también venció, asumiendo alguien que todos conocemos: Pepe Mujica, un ex guerrillero proveniente de la izquierda más ortodoxa. Para que nos entendamos, fue algo así como si a Zapatero le hubiera sucedido Anguita, y luego Zapatero hubiese sido elegido de nuevo.
Pero volvamos al presente: estas semanas el país es un hervidero de actividad política, ya que antes de las elecciones de octubre vienen las internas, en las que cada partido decide, democráticamente, quienes serán sus candidatos o candidatas. En el Frente se han presentado cuatro personas, que van desde la socialdemocracia más tibia hasta la izquierda sindical más decidida. Los debates son constantes y se producen desde los comités de barrio hasta en los grandes medios de comunicación: la gente opina y milita fuerte y sin complejos. Esto es importante visualizarlo, así que os pongo un ejemplo personal.  Todos los uruguayos frenteamplistas que conozco, ya sean compañeras de trabajo, colegas del club de lectura, conocidos de pilates o amigos del programa de tele militan en facciones absolutamente opuestas que hacen proselitismo y que discuten a muerte entre ellos.
Van a ser unas internas duras en las que puede ocurrir cualquier cosa, literalmente. Y solo hay una certeza general: sea quien sea el ganador de ese proceso interno, al día siguiente de que se den los resultados y como lleva haciendo desde 1971, como ha ocurrido a las duras (las decepciones electorales tras la recuperación de la democracia, cuando el FA quedó como tercera fuerza por detrás de los partidos tradicionales) y a las maduras (las aplastantes victorias electorales de 2005, 2010 y 2015), todo el mundo va a ir a muerte apoyando a quien haya elegido la militancia. Ya ha pasado antes y de verdad que es digno de verse: esos encorbatados tecnócratas creyentes en la economía de mercado moderadamente regulada soltando hostias como panes (figuradamente, que este es un pueblo civilizado) para defender a un antiguo guerrillero que había combatido, y disparado, para lograr una sociedad colectivizada. O bregadísimas militantes sindicales de base atajando las críticas dirigidas contra un médico de clase media alta -el presidente Tabaré Vázquez- que ha hecho todo lo posible para mantener el adjetivo "socialista" de su partido en mínimos históricos.
Volvamos a Valladolid. Mirad, la izquierda uruguaya sale a ganar y para eso practica el respeto y la solidaridad. Tiene varios defectos, por supuesto, pero  jamás veréis cosas que me han dejado absolutamente anodadado en estas elecciones pucelanas. Merece hacer un pequeño repaso de la miseria, aunque solo sea para dejar testimonio de lo que vimos en 2018, comenzando por periodistas que tuitean orgullosísimos los articulillos que, para echar mierda sobre Podemos, han publicado en el digital de Casimiro García Abadillo (el mismo que recogió ,como subdirector de El Mundo, a cuatro columnas los líbelos que las cloacas del estado se inventaron como churros para intentar hundir Podemos), siguiendo por ex compañeros y amigos del 15M que me han dejado de hablar (literalmente) por cometer la herejía de ir en listas con el partido morado, continuando con esos novios de exconcejalas de Sí Se Puede premiadas por el PSOE con un número 4, insultando en las redes a compañeras de la lista y sin olvidarnos, claro ,de cierta gente de Podemos que ha llamado de todo a compañeros de VTLP, o de cierta gente de VTLP que lleva casi un mes regocijándose ante el nefasto resultado obtenido por Podemos.
Y, por supuesto, hay que hacer mención especial a esos dignísimos referentes de la izquierda tradicional pucelana -especialistas en ocupar siempre el espacio del digno derrotado - concluyendo encantados que Podemos ha desaparecido y que así "todo vuelve a la normalidad". Por último, está siempre el PSOE en bloque, encabezado por ese personaje de tuiter que es Óscar Puente, relamiéndose mientras repite como si fuera lo mejor que le ha ocurrido a la sociedad española en siglos "con esto termina el ciclo del 15M":
La conclusión está clara: la historia reciente de las fuerzas de cambio en España en general y en Valladolid en particular es la crónica de una izquierda que se castiga a sí misma. Somos unos ignorantes políticos, en el sentido de que hemos sido incapaces de superar los traumas lejanos y cercanos, reales o inventados que nos han machacado desde 1978. El primero y principal, un PSOE que, a diferencia del socialismo en Uruguay, siempre ha antepuesto las necesidades del sistema bipartidista y su élite empresarial a las de la sociedad española. Lo estamos viendo estos días, con Sánchez y Puente jugando al equívoco, soñando con investiduras en solitario, ansiando quitarse de encima eso tan molesto de la izquierda. El segundo, secundario pero importante, es la incapacidad de organizaciones y personas para levantar la mirada del balón -otra metáfora muy uruguaya-, de pensar en grande, de no personalizar las herramientas, de aislar las malas experiencias, de cuidarnos entre todos y para preservar las herramientas que hemos construido, por contradictorias y mejorables que estas sean.
Y luego los errores propios, por supuesto, convenientemente magnificados por unos medios de comunicación que jamás habrían soñado encontrar entre nosotros mismos a una audiencia tan predispuesta al linchamiento, tan encantada con las meteduras de pata reales o inventadas. Nosotros, los que se supone debíamos defender lo conseguido y que no hemos dudado en recurrir a toda la bilis posible porque unos se han hipotecado para comprarse una casa, otros le han dado una medalla a una virgen gaditana y es que ayer el editorial de El País decía que Pablo es arrogante y claro, mi voto vale demasiado como para mancillarlo con un personaje así.
En fin: este  octubre próximo la izquierda en Uruguay saldrá a ganar, como un bloque compacto, sin fisuras, sabiendo bien lo que se juega en los tiempos de Bolsonaro o Macri. Ojalá llegue un día en que nosotros seamos capaces de hacer lo mismo en España. Mientras tanto toca reflexionar y construir, pelear las batallas presentes (esos 42 escaños se van a hacer valer) y procurar, por todos los medios, que el presente no sea el único estado posible de las cosas.

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