Salvador Dalí i Domenech (1904-1989), fue un artista controvertido, cuya genialidad al límite de la locura era potenciada por él mismo. Aunque el genio y el loco convivían realmente en él, no hay que olvidar que con dieciséis años entregó una bolsita con su semen a su padre y una nota que decía: “Ya no te debo nada”.

Entró en la historia en 1922, al llegar a la Residencia de Estudiantes de Madrid, donde trabó una profunda relación con el poeta granadino Federico García Lorca y el cineasta turolense Luis Buñuel. En 1926 protagonizó un escándalo bien calculado, al afirmar que el tribunal de la Academia de Bellas Artes de San Fernando no estaba capacitado para juzgar su obra, lo que le valió su expulsión.

Con Lorca, Buñuel y Maruja Mallo se dejó seducir por las vanguardias del momento, en las que investigaban y con las que experimentaban (futurismo, cubismo, dadaísmo y luego surrealismo en el que militaría desde finales de los años 20). En esta atracción por las vanguardias históricas hay que situar la carta calumniosa que escribieron Buñuel y el pintor catalán a Juan Ramón Jiménez. En 1929 Buñuel y Dalí se presentaron en el cortijo del decimonónico y prestigioso Juan Ramón Jiménez, al que querían conocer, donde se alojaron y fueron atendidos. A su llegada a Madrid, animados por su incorporación al surrealismo, decidieron golpear el arte consagrado, sorteando entre los artistas españoles más importantes (“los putrefactos”) a quién le enviarían una carta demoledora. El azar -algo muy surrealista- quiso que saliera Juan Ramón, a pesar de las dudas de Buñuel por haber sido tan amable y hospitalario, finalmente le escribieron una carta que el poeta onubense no llegó a entender del todo jamás:

Nuestro distinguido amigo:

Nos creemos en el deber de decirle -sí, desinteresadamente- que su obra nos repugna profundamente, por inmoral, por histérica, por cadavérica, por arbitraria. Especialmente: ¡¡Merde!! para su "Platero y yo", para su fácil y malintencionado "Platero y yo", el burro menos burro, el burro más odioso con que hemos tropezado.

Y para Vd., para su funesta actuación también:

¡¡¡¡Mierda!!!!

Sinceramente:

Luis Buñuel - Salvador Dalí

El distanciamiento de Lorca surgió por aquella época, tras publicar el poeta en 1928 el Romancero Gitano, una obra que a pesar de su vanguardismo (“Verde que te quiero verde”), Dalí y Buñuel entendieron como una concesión a la poesía tradicional. De ahí que se crea que el título del filme Un perro andaluz, realizado cuando Dalí y Buñuel se asientan en París, buscase herir a su antiguo amigo.

La admiración personal de Dalí por Benito Mussolini no le granjeo buenas amistades entre los surrealistas franceses, especialmente aborrecido por André Breton. El sector español dentro del surrealismo francés era realmente poderoso: Miró realizando un surrealismo abstracto, Buñuel con el cine, el genial Oscar Domínguez y Dalí con la pintura surrealista figurativa, inspirada en El Bosco y en la pintura metafísica que inventase De Chirico, junto a otras figuras notables como Enrique Tábara y Eugenio Granell. Dalí sería expulsado por no renegar del totalitarismo, especialmente del nazismo, tras un juicio de surrealistas que decretó su expulsión. Dalí afirmó ante esta sentencia de artistas: “El surrealismo soy yo”.

 

 

Dalí a partir de los 60 se convertiría en un elemento decorativo de la corte franquista (aunque ya en el 49 se asentó en Figueras), sus apariciones en el NO-DO eran como ver aterrizar un ovni en aquella España atrasada. Luego con la transición, saldría a relucir su pasión monárquica por Juan Carlos I. No era una pose, Dalí era un monárquico convencido desde siempre; estuvo presente entre los adeptos de Alfonso XIII que esperaban resultados de las elecciones municipales que proclamaron la II República en 1931; a Dalí le gustaba contar como en plena tensión Alfonso XIII hizo el gesto castizo de atinar con su cigarrillo en la escupidera de la sala, lo que saludo con un unánime “¡Viva el rey!” (sin duda un recuerdo dulce de uno de los peores gobernantes de nuestra historia).

Pero entre la etapa francesa y la española se asentó en Estados Unidos. Llegó a Nueva York en 1940 junto a Gala, ya su esposa, huyendo de la II Guerra Mundial, había entrado en el circuito americano en 1934, gracias al marchante Julien Levy.

Como parte de su locura, de su genialidad y del misticismo esotérico y psíquico que rodea al surrealismo, Dalí era capaz de obras premonitorias. La más famosa es el cuadro de 1935 “Premonición de la Guerra Civil”, un extraño cuerpo, como un cabeza-pie infantil, se desarma y autodestruye entre gestos de odio y dolor.

 

Pero, hablemos de la llegada del ser humano a la luna en 1969. En los años 50 la obra de Dalí estaba muy considerada entre los coleccionistas norteamericanos, especialmente seguidores de su obra eran Albert Reynolds Morse y su esposa Eleanor Reese Morse, se habían conocido en una exposición de Dalí y donarían al Museo de San Petesburgo (Florida) su colección de obras de Dalí, una de las mejores colecciones del mundo. En 1958 encargaron a Dalí una obra sobre el descubrimiento de América: Dalí armó un cuadro increíble, “El Descubrimiento de América por Cristóbal Colón”: Las carabelas volando por el aire, banderas catalanas con sus barras ondeantes (conocía la teoría del posible origen catalán de Colón), su “Cristo de San Juan de la Cruz” parecía observar la escena, Gala era convertida en la Virgen María, entre astas de bandera que recordaban “La rendición de Breda” y un joven Colón vestido como San Cristóbal iba a posar el pie en una playa. Bajo su figura, junto a la sombra de su pie, aparecía un gigantesco erizo de mar que parecía al tiempo convexo y cóncavo. Eleonor reparó en el motivo cuando Dalí les hizo entrega del cuadro en 1959. A las preguntas de los mecenas Dalí respondió: “Exactamente dentro de diez años sabrán el significado de este motivo” .

Llegó 1969 y cuando Neil Armstrong posó su pie en el suelo lunar los Morse entendieron qué era aquel erizo, que visto convexo representaba el satélite y visto cóncavo era un cráter lunar. Estaban maravillados, con la obra y el hombre que vaticinara aquel descubrimiento. Incluso se sorprendieron del papel que daba el lienzo a la primera pisada sobre la arena, el mismo papel que concedían los medios de comunicación al “gran paso para la humanidad” de Armstrong .

Dalí fue el que fue. Muchos lo quieren ver menos facha, menos monárquico, menos religioso, más catalanista, o menos, pero en vez de reinventarse al genio, de adaptar las biografías a quien edita el libro o lo lee, simplemente hay que aceptar su capacidad para trasmitir algo que lo supera. En realidad es ese papel de médium el que valoramos de un artista.

No hay comentarios