Los verdaderos tiranos son aquellos que en la actualidad condenan a 800 millones de personas al hambre y a la sed. Tiranos son aquellos que provocan que en España existan más de 4 millones de personas en estado de pobreza severa.

Tiranos son todos aquellos que desde la torre de un banco en Fráncfort dictaminan quien debe vivir y quien debe morir.

Tiranos son los que roban y saquean a los países del tercer mundo y cuando, presos de la angustia y la desesperanza, se desplazan hasta el primer mundo para poder sobrevivir, son maltratados, despreciados, insultados y recluidos en leproserías para pobres.

Resulta cuando menos chocante, que en el discurso oficial se tache de tiranos a aquellos que redactaron con sus propias manos” La Declaración de los Derechos del Hombre”, y a los mismos que decretaron la abolición de la esclavitud.

Algo no cuadra en el relato oficial, en el relato del poder establecido, resulta que los primeros son demócratas, y que los segundos, Robespierre, Saint Just o Jean Paul Marat, son tiranos irredentos y sanguinarios. ¿Verdad que algo no cuadra?

Autor de la cita: yo mismo

 

 

Estimado Carlos: creo sinceramente que este tema está agotado, que nuestras posturas han quedado muy claras para los escasos lectores con los que podamos contar.

Nuestras posturas son antagonistas, y ciertamente, al menos en mi opinión, este diálogo que tan vehementemente hemos mantenido ha tomado un cariz de pelea tabernaria que no me gusta nada, y más tarde te aclararé a que me refiero exactamente.

Ahora deseo contarles a todos una de mis historias, una historia y unas palabras que tal vez les vayan a sorprender, pero que esta diatriba o enfrentamiento de dos ideas, de dos formas de entender el mundo, la de Danton y los contrarrevolucionarios, por una parte, y la de Robespierre y los jacobinos, por la otra, me ha dado pie y es excusa perfecta para relatársela.

Hace algunos años, -no sabría decirles cuantos, pues a veces siento que pierdo la noción del tiempo, diríamos que es como si viviese en un eterno presente-, pues bien, como les decía, hace unos años recuerdo que se había convocado una concentración frente al auditorio Miguel Delibes, en Valladolid, uno de esos edificios en los que los ayuntamientos, nadie sabe muy bien por qué, invierten miles y miles de millones de euros en un afán faraónico. La susodicha concentración se había convocado en protesta por la enésima matanza del ejército israelí contra la población palestina, y al ir acercándome al lugar en cuestión, creí reconocer el rostro de una de las personas que allí permanecían en señal de protesta, yo no la conocía personalmente, pero sí a través de la prensa y los medios de comunicación en los que habría aparecido, por unas u otras causas, en infinidad de ocasiones.

Cuando llegué a su altura, la saludé y le expresé el interés que tenía por conocerla personalmente, ya que nunca había tenido la oportunidad de hacerlo.

Al cabo de unos minutos de grata conversación, le hice saber que me sentía muy sorprendido de la persona que acababa de descubrir. Ella, no sin cierta intriga, me exhortó a que le explicara el motivo de mi sorpresa, y es entonces cuando comencé a relatarla la cadena de los horrores que sobre ella había leído en la prensa, visionado en las televisiones, y en los cenáculos de la rumorología oficial.

Entre otras lindezas, en los mass media, y la citada rumorología, la habían acusado de las mayores villanías, de tener vínculos con el mundo aberztzale, con la banda terrorista ETA, y con todos los grupos y grupúsculos separatistas que uno se pueda imaginar.

Le advertí, que así mismo, se rumoreaba que era una mujer pedernal, dura, hierática ante cualquier emanación de humanidad.

Ante mi descripción de todos los horrores que se la adjudicaban, en su cara se iba dibujando una sonrisa que acabó desembocando en una tímida carcajada. Recuerdo que con su compasiva forma de mirarme, descubrió en mi a una persona altamente ingenua e inexperta en las trincheras de la política. Me dio a entender que todas esas calumnias, rumores, ataques personales, invectivas e insultos, eran algo normal en la arena política, y que de alguna misteriosa manera, ella estaba más que acostumbrada, que todo aquello formaba parte de su vida, que para ella era algo que había pasado a formar parte de su cotidianidad.

Con esas prevenciones, con esos prejuicios lanzados contra ella por los medios de comunicación del poder, es como me enfrenté al conocimiento personal y a la conversación de tú a tú con Doris Benegas.

Ni que decir que yo también conocía toda su trayectoria como abogada y como activista política, sabía perfectamente de su actitud de resistencia y de apoyo incondicional para con todas las causas nobles en las que ustedes puedan pensar. Como abogada en activo, dio cobertura legal a los vecinos de Pajarillos contra el narcotráfico, a las asociaciones de mujeres víctimas de abusos sexuales, a los damnificados del tristemente conocido caso del aceite de colza, a las familias de los últimos hombres torturados y fusilados por el régimen franquista, activista en el 15 m, en la plataforma antideshaucios, y un largo etcétera.

Como al principio les decía, la tarde en que conocí personalmente a Doris Benegas, me embargó la sorpresa, porque en nada se asemejaba a esa fiera indomable que pintaban los medios, a esa harpía sin sentimientos y cegada por la locura de la política. Muy al contrario, aprecié en ella una persona dulce, muy femenina, con un gran atractivo magnético, de corazón amable y muy humana, demasiado humana, como diría el famoso filósofo. Así se lo hice saber, provocando en ella una sonrisa, como si en su fuero interno se hubiera sentido ampliamente reconfortada.

Les he contado esta historia, porque es un calco de lo que les ocurre a todas las personas que a lo largo de los siglos se han atrevido a luchar por las causas más nobles, por las causas perdidas, a dar la cara por aquellos, que dado su estado de debilidad económica, social, de clase, se ven impedidos a defenderse por sí mismos. Esta historia es una copia casi exacta de lo que les ha pasado a los individuos que osaron enfrentarse al poder establecido y que no es otro que el poder del dinero y sus negras manos, sus sangrientos subterfugios.

Robespierre, Jean Paul Marat, Saint Just, Trotsky, Toussaint Louverture, Malcolm X, M. Luther King (al que también calumniaron y de que manera), Che Guevara, Gandhi... todos ellos fueron calumniados, vilipendiados y acusados de crímenes nefandos, repito, todos ellos. ¿Será casualidad? Hasta el mismísimo Jesucristo fue acusado de querer emular al emperador, de blasfemar, de rodearse de gentuza y de hacer tratos con el diablo.

Aquí quería llegar, si se dan cuenta, todas las personas que en su intento de ponerse de parte de los desposeídos y los más débiles, se han enfrentado al poder omnímodo de reyes, reyezuelos, y oligarcas, han sido escarnecidas, insultadas y asesinadas.

Un caso paradigmático y muy claro es el de Maxim Robespierre, al que en el contexto de un golpe de estado con oscuras pretensiones y detrás del cual pudiera estar el bonapartismo, le intentan asesinar descerrajándole un pistoletazo a corta distancia en la mandíbula, y al ver que esto no acababa con su vida, decidieron finalmente apresarle y guillotinarle.

Moraleja: que el relato de la historia ofrecido por el poder establecido, es completamente falso y con clara intencionalidad política. Que el pueblo, la gente de a pie, los empobrecidos, la sociedad civil, debemos recuperar nuestro propio relato, un relato de la historia que nos han ninguneado, que les aseguro se aproxima mucho más a la verdad que el que ellos, los oficialistas, el establishment, las oligarquías financieras , la televisión y los perros del poder estatuido, nos ofrecen.

Querido Carlos, y esto no es de broma, pues en verdad eres muy apreciado por mí. A lo largo de este debate las cosas se han ido saliendo del carril inicialmente pensado, me di cuenta de haber hecho apreciaciones personales en lo que a ti se refiere, que no me gustan nada, no deseo atacar ni herir a un amigo, y por tanto, ante los lectores de Últimocero y en tu presencia virtual, te pido disculpas, mis más sinceras disculpas. Deberíamos dialogar sobre cuestiones algo más livianas, como la existencia de Dios, la Guerra de la Independencia, las pinturas negras de Goya o la poesía de San Juan de la Cruz, por poner algún ejemplo.

Disculpas a parte, supongo que recordarás aquella ocasión en la que te expuse la angustia, el agobio, y la tristeza que sentía en mi trabajo. Pues bien, extrañamente tu fuiste la persona que mayor empatía y comprensión me mostró.

Resulta curioso como el sufrimiento es una fuente de conocimiento, y como me llevó, me trasladó, me despertó y me hizo caer en la cuenta de que todo el sistema, el orden en el que nos obligan a vivir, es una gran mentira, y de que todo parecido con la democracia o con el estado de derecho, es pura ficción. La fantasía orwelliana es ya una realidad.

Como dije al principio, nuestras posturas con respecto al tema tratado estos días, son irreconciliables. En mi humilde opinión, mantener y alimentar el discurso oficial es un gran error. Por este motivo, y por el expuesto anteriormente, por mi parte, doy por concluido el diálogo y el debate mantenidos. Que cada lector, que cada persona, valore, reflexione, saque sus propias conclusiones, y sobre todo y muy importante, que no se cansen de buscar la verdad.

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