Aquellos que dicen representarnos, y en cambio, juran lealtad a nuestros enemigos, son el absurdo de los absurdos. Hace tiempo que dejé de creer en un sistema que se burla de mi inteligencia, que me trata como a carne de carcajada, que no valora mi vida, mi inmensa dignidad.

El absurdo político: consiste en un sistema en el que con mis impuestos he de pagar un sueldazo de cuatro mil euros más dietas, a unos parlamentarios que posteriormente, nada más llegar al Congreso, jurarán lealtad al mercado, a las élites económicas y empresariales. Rendirán un vasallaje feudal a intereses que en nada coinciden con los míos, ni con los de un ser humano tipo, legislarán en contra mía, hiriendo mis derechos fundamentales a una vida digna, sin explotación laboral, sin la precarización de todos elementos que sostienen a una persona en pie, sin amordazamientos obscenos, sin demonizaciones de aquello que nos define como humanos, la rabia, la lucha, la profecía política, la denuncia social.....

Sin hombres y mujeres virtuosos y valientes, la democracia se trampea en autocracia. El absurdo político es aquel contexto en el que se permite, que cientos, miles, millones de personas, languidezcamos en manos de desaprensivos, de aventureros de ese nuevo orden inmoral y fabulesco al que llaman neo-cretinismo economicista- vulgarizador de la existencia- pudridor del pensamiento- alienador aniquilador de neuronas.

El absurdo político visto como una “náusea del hombre contemporáneo”, ambivalente, contradictorio, la viva representación del animal, que asustado, se refugia entre las alas fúnebres de un sistema que agoniza y que se niega a admitirlo.

El protagonista de “La náusea” de Sartre, es la manifestación del ser humano acorralado por su vacío existencial, solo y consciente de la responsabilidad que cada uno posee sobre sus actos.

Hay que rebelarse contra el absurdo, para que éste no convierta nuestro corazón en una bestia inmóvil, desarbolada y sin esencia que la defina.

Jean Paul Sartre consideraba que es absurda la obligación misma de existir, yo en cambio, considero que absurda es la obligación de considerar como válido lo irracional, lo demencial, lo que discurre y trabaja en vistas a mi destrucción.

El punto de vista fenomenológico impregna y traspasa como rayo “La náusea”. La novela de Sartre es una investigación ontológica sobre la falta de sentido de la existencia y la opacidad del mundo que le rodea.

Yo siento, percibo, intuyo, que la existencia no es absurda, que lo absurdo, en cambio, es la anti-vida a la que nos fuerzan, la represión y la policía del pensamiento que esa superestructura a la que llamamos sistema, nos condena.

Ningún ser necesario puede explicar la existencia-, escribe Roquentin, el protagonista de la náusea, en su diario. 

Pero yo sí que la puedo explicar, el sentido de la existencia es la libertad, el libre albedrío que los dioses nos concedieron y que ningún hombre, por muy parlamentario, empresario, capitalista, demagogo, politicastro, representante, malparido, mameluco, mamporrero, muerdesartenes, ovejo o palurdo de este mundo, puede o tiene derecho a arrebatarme.

El absurdo político, es eso mismo, un absurdo. Nuestra existencia y nuestra libertad son tesoros inexpugnables, reductos sin acceso para hombres sin evolución, animalizados y animalizadores.

Soy optimista, creo firmemente en la emancipación y en la ruptura de las cadenas, y todos, absolutamente todos, Sartre, Camus, Beauvoir, Cioran, Engels, Marcuse, todos los que ya cayeron bajo el yugo de los bastardos, gritarán con nosotros palabras de liberación...la muerte del absurdo político, de todos los absurdos...el advenimiento del sentido de la existencia, levantarán su enseña, hondearán su bandera, nos libertarán para siempre.

Por fin caí en la cuenta de lo verdaderamente importante, vivimos sumidos en un absurdo político. Hemos de alimentar a nuestros propios verdugos, regamos y cuidamos el tumor que se metastatiza y nos mata lentamente, ¿y todo por qué?

Por el miedo a la libertad, por el pavor que los hombres tenemos a gobernar nuestra vida, a ser creadores y conductores de nuestro destino, a hacernos responsables hasta las últimas consecuencias, como un Pericles eterno y universal.

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