Alejandro Cuevas. FOTO:ÚC
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Un año después de reunir algunos de sus relatos premiados en Mariluz y el largo etcétera, Alejandro Cuevas llega a las librerías de toda España con la novela Mi corazón visto desde el espacio (editorial Menoscuarto). La presentación del libro tendrá lugar el miércoles 13 de noviembre, en la librería Oletvm, y correrá a cargo de Gustavo Martín Garzo.

¿Qué cuenta Mi corazón visto desde el espacio?

Es la historia de un joven (o ya no tanto) que regresa, seis años después, a la ciudad de la que huyó. Se fue de ella en parte por un desengaño amoroso y, fundamentalmente, por falta de perspectivas económicas.
La novela es un vaivén entre un pasado previo al estallido de la burbuja inmobiliaria y un presente bastante desolador, pero lo que predomina en la novela es el humor sarcástico, aunque también, inevitablemente, una cierta melancolía.

¿De dónde viene el título?

Forma parte de uno de los diálogos de la novela. Me pareció que recogía muy bien esa lucha entre lo pasional y lo racional en la que se debate el protagonista. Además, la palabra “corazón” queda mejor en un título que, por ejemplo, la palabra “lepra” o “fístula”. El editor y yo pretendemos que el libro se venda lo mejor posible.

Leemos en la novela: “Nos prometieron el paraíso, pero hasta ahora sólo hemos visto vertederos de escombros”. ¿Es este libro un manifiesto generacional?

Un poco sí, aunque yo no me considero portavoz de nadie ni de nada. La novela habla de una generación y de una clase social que son las mías. Gente, en general, más culta y mejor preparada que sus padres y que, sin embargo, se ha situado mucho peor en la vida. En nuestra sociedad, en ciertos estratos y contextos, no importa demasiado la formación que tengas, sino de donde vengas. De eso, del nepotismo y del caciquismo, también habla la novela. Creo que España debe de ser el único país del mundo donde con el mismo currículum y sólo en función de sus contactos, una persona podría acabar de ministro o repartiendo pizzas en una bicicleta.

Alejandro Cuevas. FOTO:ÚC

¿Es una obra autobiográfica?

Mucho menos de lo que podría pensarse, prácticamente nada. Algunas de las capas de la novela son muy antiguas. Ha sido un proceso muy largo e intermitente, porque para escribir novelas hay que estar muy centrado y tener continuidad, y la vida es centrífuga por naturaleza. Ahora está muy de moda la autoficción, pero esta novela no lo es. Cuando empecé a escribirla, a mí no me habían despedido de mi trabajo, lo cual me obligó a marcharme al extranjero, como hace el protagonista. Más que parecerse la novela a mi vida, es como si mi vida hubiera copiado algunos aspectos de la novela. Así que lo próximo que escribiré será un musical con colorines, paisajes bonitos y un final feliz.

La novela se desarrolla en una ciudad de provincias que se parece mucho a Valladolid, pero se llama Desgracia. En ella hay una fábrica de coches, una catedral inacabada, un Festival de la Tortilla de Patata… ¿Desgracia es Valladolid?

Es y no es. Sucede un poco como la Vetusta que no es Oviedo en La Regenta, de Clarín. O, por poner, un ejemplo más moderno: La Gotham City que es y no es Nueva York en el universo de Batman. La ciudad es un personaje más, uno de los principales. Se dedican bastantes páginas a hacer su retrato, con sus luces y sus sombras.
Aunque quizás no lo parezca en algunos momentos, la novela es una carta de amor a Valladolid, pero no es un amor ciego y alucinado, sino un amor crítico, valga la paradoja.  Los lectores vallisoletanos tienen un aliciente más para leerla, porque van a reconocer muchas claves, lugares y personajes.

¿Puede interpretarse también como una novela política?

Si por política entendemos dar la opinión sobre realidades que no te gustan, por supuesto que sí. Toda la literatura es política, incluso la de evasión, porque, si te evades, digo yo que será porque no te gusta la realidad. Por otro lado, soy perfectamente consciente de que la influencia que puede tener un libro en la sociedad es insignificante.

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¿El libro habla de esa nueva España del exilio?

El exilio no terminó en la posguerra ni en los años 60, sino que tuvo un nuevo capítulo después de la llamada crisis económica de 2006 y años sucesivos. Sólo que en este exilio los que se iban eran gente generalmente con estudios superiores. Formamos universitarios para que luego emigren, lo cual es un disparate desde muchos puntos de vista.

Últimamente se habla mucho de la España vaciada, de la despoblación del mundo rural y todo eso. Pero se habla muy poco o nada de la otra despoblación, de la despoblación urbana de todos los jóvenes que han tenido que largarse por razones exclusivamente laborales, para conseguir un salario justo y una vida digna. Cuando dan los datos del paro deberían dar también los datos del exilio, que van en paralelo. A veces, el paro baja porque la gente se harta y se va.

¿Le gusta España?

A mí, colocando todo en la balanza, sí, me gusta bastante, y te lo está diciendo alguien que ha residido en otros países y puede comparar. Creo que tenemos un país estupendo, pero con algunos defectos muy desagradables que lo echan a perder y que deberíamos solucionar si no queremos acabar muy mal. España es como una paella con cucarachas.

Como acaba de decir, ha residido varios años fuera de Valladolid y ahora ha vuelto, ¿qué cambios has notado en la ciudad?

Por cada librería que han cerrado, han abierto diez casas de apuestas. Por cosas así, la juventud española está más familiarizada con la obra de Pablo Escobar que con la de Gabriel García Márquez.

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