Fernando del Val y Tomás Hoyas, junto a la estatua del fotógrafo del Campo Grande en 2010. Foto: Enclave
Fernando del Val y Tomás Hoyas, junto a la estatua del fotógrafo del Campo Grande en 2010. Foto: Enclave

Era un domador de monstruos. Convertía el lenguaje antañón en neologismo. Presumía de no leer a sus contemporáneos –mentira-, pero a los cercanos los cuidaba: él solito inventó la sección de Opinión de El Mundo antes de que éste fuera una provincia. La mejor sección que ha habido. Una Selección. Y el resto de periódico también era la referencia sobre lo que ocurría en ciudad y Región. Si Tomás vivió instalado en la mentira es porque sabía que la verdad hiere como la belleza. Lo saben los iniciados. Cuenta Pablo d’Ors que, evangelizando por el Tercer Mundo, conoció a una negra ante la que se habría postrado a llorar, ante la que habría gritado, “allí mismo, a sus pies (…) ‘Pero, ¿tú quién eres?’ (…) Ven, casémonos (…) Ven, olvidémoslo todo”. La olvidó haciéndose el machote como Tomás se hacía el machote cuando simulaba olvidar que vivía. Muchas cosas las hacemos contra nuestra voluntad. Vivir es gozar. Pero también sufrir. Los afectos los escanciaba como persona hipersensible que era. “Sobremorimos”. Y por cada cuerda rota en el arpa de sus emociones, brindaba sonrisas con dos hielos, ponme otro vaso o la tenemos. Y se hacía el duro, y abría la boca y le salía Lee Marvin. Solito se bastó para traspasar El Terminal y cerrar el Harlem. El Patton y el Compás se han librado. Sabía que el último verso de un poema está escrito en ceniza, y él iba quemando cuanto se le cruzaba en el camino para purificar el mundo. Sus cuentos -inéditos ya para siempre- también los quemó. “Crees demasiado en Virgilio”, le decía. Él lo tomaba como un halago, pero yo lo proclamaba como una censura. Lo que más le habría gustado es quemar la calle Platerías. Una vez, con andamios, de verdad, estuvo a punto. Él se bastaba, pero unos cuantos le habríamos ayudado. Ahora nos habrían delatado las cámaras, que más tienen de caja registradora que de lo que son; la belleza hiere salvo en el mundo digital, impiadoso. Frente a la aspereza cotidiana, quedan su amabilidad –más bien, cortesía-, su cultura y el ejemplo sin dárselas de quien se pudo aprovechar y no lo hizo. No cayó en servilismos políticos para optar a mamandurrias. Vivimos de la renuncia, y pobre el que no lo sepa e intente abarcarlo todo: nunca sus brazos serán de chicle. Tomás, como sacerdote de las letras, mortificó su carne literaria con el cilicio del periodismo. Triunfó a la sombra de capitanes mediocres, como procede, cuyos pasos nunca son pasos, sino zancadas. Y haciendo el marinero intrépido, llegó a los sesenta y dos. Si llega a saber lo que iba a durar, no se habría quemado en quimioterapias; se habría matado viviendo. Pero se creyó las mentiras de la ciencia, que le extendió el plazo inicial de cuatro meses a “entre un año y medio y tres”. ¡Menudo cálculo! Heráclito se habría partido de risa. Tomás, cuando le mintieron, ya había considerado el deceso como accidente necesario, dueño de una templanza admirable. Fue tan generoso que trabajó más de lo debido y se marchó sin cobrar pensión. Para partirse el culo. ¡Con lo que le costó cotizar los últimos ejercicios! Desengañado de la vida y también del mundo, pero sin abandonar la defensa del débil. Desengañado también de las ideas, aunque al final se comprometiera, y, cómo no, de las mujeres… porque igual su clave interpretativa estuvo en el amor. O en el desamor. Superar un primer desengaño no te capacita necesariamente para un segundo. Yo creo que por eso pasaba los días mirando las nubes, o más bien las noches buscando la luna. Haciéndose el cínico. Sepamos que los cínicos son los mohicanos del romanticismo. No me refiero a Warren Buffett sino a Rick en Casablanca. Porque a veces sólo es tolerable la vida mirando a otro lado, como D’Ors ante la negra. Haciendo como que no te importa. En su caso, tomando una copa, fumando un cigarro; llegando a casa a deshora para subrayar su soledumbre o lo que es lo mismo: para no pensar en ella; evidenciando que aunque invitaba a todos, luego no le esperaba nadie. Y, así, a las tres de la mañana, metía la Segunda Guerra Mundial –esa pira infinita- en el reproductor del deuvedé; y el sueño le cogía entre Pearl Harbour y el norte de África. Sobrevivir es un lujo. Nos lo recuerda hoy, cuando ya no está.

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