Vista exterior de El Farolito, en proceso de reforma. Foto: úC
Vista exterior de El Farolito, en proceso de reforma. Foto: úC

Entre los espacios públicos o de uso público se encuentran los bares, palabra que engloba todo un repertorio de lugares designados también con otros nombres como cafés, pubs, etc. Algunos los llaman su segunda casa.

Los bares como espacios de reunión y encuentro merecen un especial interés.

Los bares desde un punto de vista espacial son espacios de gran interés arquitectónico, son espacios intensos y densos por sus posibilidades multisensoriales y emocionales. Las imágenes visuales (colores, geometría, proporciones, …), las texturas de los materiales ( vasos, botellas, cucharas, manteles, servilletas…) los olores y aromas (el olor a café,..) , los sonidos (el ruido y murmullo de la gente, la música ambiente...), los sabores de todos los productos que se pueden consumir (vino, cerveza, tapas…) hacen que el poder de recuerdo de esos espacios esté muy determinado y asociado a los olores, los aromas, los sonidos, a los materiales, a los colores concretos y específicos de ese espacio, imponiéndose unos a otros y marcando la personalidad de ese ambiente y esto viene a demostrar que la experiencia de la arquitectura es una experiencia multisensorial, más allá de la sola imagen visual, y esta experiencia multisensorial es la que nos acerca a la emoción, esencia del espacio en la arquitectura y del arte en general.

Los materiales utilizados (maderas, mármoles, etc.) y la forma artesana de trabajarlos nos ponían en contacto con materiales y oficios hoy ya desaparecidos, y ése es otro de los valores de estas pequeñas arquitecturas.

Lo que se puede consumir, en el sentido más amplio y moderado, en estos espacios, permite un estado de desinhibición que facilita el encuentro, el reencuentro, la comunicación y el conocimiento, además de contar y ahogar las penas. Pocos espacios tienen estas cualidades. Mirar, dejarse ver, observar, sentirse observado, lo convierten en un calidoscopio infinito asociado a las múltiples personalidades de quienes lo frecuentan.

Los personajes de los bares. Los expertos de barra. Los “Humphrey Bogart” de mirada perdida. El que exprime el botellín de cerveza hasta la última gota. O la absenta camino corto a otra dimensión. El dueño antipático de mirada inquisidora.

De hecho, un pueblo que no tiene un bar es un pueblo al que le falta algo. En los pueblos pequeños o grandes, el bar es el espacio más concurrido y visitado. En algunos pueblos de la Tierra de Campos, el bar es el único espacio de reunión y de encuentro que queda, donde se siguen manteniendo las costumbres ya rituales de “tomar el vermut”, “jugar la partida”, etc. En algunos pueblos muy pequeños, y ya prácticamente sin habitantes, y recuerdo algunos de Soria, el bar es comunal, los propios vecinos lo gestionan, se aporta una cantidad y la bebida es “gratis”. Sus habitantes no tienen otro espacio para reunirse y verse. También tiene sus horarios, sus protocolos y sus rituales. Este espacio en algunos casos se comparte entre dos localidades donde ya casi no quedan habitantes.

Por todas estas razones los bares se convierten en espacios únicos, al margen muchas veces de su calidad arquitectónica y de su diseño. Si además están bien proyectados y tienen interés arquitectónico se convierten en lugares únicos y singulares.

Otra particularidad de estos espacios, y quizás la más importante, es la de que a lo largo de su vida, desgraciadamente casi siempre corta, acumulan toda una historia asociada a la ciudad y al lugar, historias de las personas que lo frecuentaban, de acontecimientos, de eventos y de recuerdos que sin duda se acaban convirtiendo en un patrimonio de gran interés y una memoria necesariamente a conservar.

Cuando un bar se transforma o desaparece se pierde un lugar propio de encuentro y de relación, se vive como una pérdida importante y más en los tiempos que corren. En aquellos que sufren reformas, cambian los clientes, cambian las personas, incluso los aromas, los ruidos y las imágenes, es una pérdida irreversible. ¿Donde volveré a encontrar a las personas que lo frecuentaban?

La lista de este tipo de locales sería interminable, sobre todo de los ya desaparecidos. No es el objetivo de este escrito enumerar todos los locales de interés desaparecidos en la ciudad, aunque sería muy interesante registrarlos y documentarlos en algún momento y elaborar una propuesta de protección para los más interesantes que aún nos quedan.

El Café Gijón famoso por sus tertulias, el Chicote, proyectado por el arquitecto Luis Gutiérrez Soto para Pedro Chicote, famoso por sus cocteles en Madrid; la Paloma, con sus populares sesiones de bailes en Barcelona, o el Bar Americano del arquitecto Adolf Loos en Viena de 1908, hoy monumento protegido, por citar algunos de los que ahora recuerdo, son ejemplos emblemáticos que aún se conservan.

Valladolid también ha tenido este tipo de locales, su Café Gijón y su bar Americano.

Nuestra ciudad no es ajena a la desaparición de este patrimonio. Los cafés del siglo XIX y XX, el Café Suizo, el Corisco, el Cantábrico, el Royalty, el Hostal Florida, la Ferroviaria, más tarde el Norte y el Nacional, el Molinero, el Azul, el Café España, etc… la lista sería muy numerosa. Son ejemplos que con mayor o menor valor arquitectónico tenían un indudable valor en la vida cultural de la ciudad.

Muchos de estos locales tenían gran interés arquitectónico y fueron reconocidos con distintos premios. El Roma es Azul se podía considerar una obra de arte en su totalidad. De Miguel Escalona nos quedan, aunque algo transformados, el Desierto Rojo, la Salamandra y el Aire.

Este tipo de proyectos siempre me ha interesado por las razones expuestas, pero lamentablemente han ido desapareciendo todos: el Bar Capítol, el Astarot, La Curva, La Gárgola, el Fisterra, el Café-Café, el Café del Mercado, reformado recientemente, y el Farolito, que motiva este escrito, el primero que proyecté y el último en desaparecer, pues cuando esté reformado ya no será lo que fue. Recuerdo una vez más todos los aspectos citados que encierran estos locales, que los convierten en únicos. El local reformado será ya otra cosa y otra historia, ni mejor ni peor.

Como últimamente las iniciativas de los colectivos ciudadanos parece que son las más efectivas y operativas, deberíamos intentar su protección para evitar que los más emblemáticos desaparezcan y conseguir que se protejan por su valor arquitectónico y su importancia indiscutible en la memoria cultural y colectiva de la ciudad, sin duda patrimonio inmaterial de todos. Su protección debería ser un orgullo para sus propietarios, a quienes se podría incentivar institucionalmente con su divulgación, apoyando algún tipo de actividad o liberándolos de algún tipo de impuesto, de tal forma que conseguir la categoría de establecimiento emblemático fuese un deseo y un mérito reconocido de prestigio para el local y sus dueños.

El fin de cada uno de estos locales se vive como una pérdida de los pocos espacios libres que todavía nos quedan, como si su desaparición o las reformas agresivas que sufren obedeciesen a una estrategia seguida para eliminarlos de la memoria colectiva o para el control de los espacios de encuentro y reunión.

En una cultura en la que lo viejo y usado no se valora ni aprecia, es necesario reivindicar el envejecimiento y el tiempo y exigir menos destrucción, menos operaciones de lifting y menos franquicias despersonalizadas.

En otra ocasión trataremos de otro capítulo igualmente vergonzoso y denunciable, el de los locales comerciales destruidos en Valladolid, que han ido desapareciendo uno tras otro.

Bueno, creo que queda uno.

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