Presentación del libro de José Sarrión en Valladolid. FOTO: Gaspar Francés
Presentación del libro de José Sarrión en Valladolid. FOTO: Gaspar Francés

En plena campaña electoral y a modo de dación de cuentas del trabajo como procurador de Izquierda Unida en las Cortes, José Sarrión ha presentado su libro “Comunes el sol y el viento”, título en referencia al poema de Jose Luis López Álvarez, recogiendo las crónicas de su primera legislatura ‘en solitario’ en las Cortes de Castilla y León. Bajo la marquesina de la Plaza de España de Valladolid, el ahora candidato de IU – Castilla y León en Marcha ha presentado esta obra, prologada por Alberto Garzón, acompañado por la candidata de Unidas Podemos a las europeas Sira Rego, el pintor Manuel Sierra, el mimo Jesús Puebla y el músico Jaime Lafuente.

“Como el poder no nos quiere, que mejor que organizar un acto cultural”, ironizaba Sarrión al comienzo de la presentación recordando que, a la vez, en RTVCyL se estaba desarrollando el segundo debate entre los candidatos a las autonómicas, afeando que la Junta Electoral haya apoyado la decisión de dejarle fuera del debate teniendo ya representación en las Cortes mientras en el municipal han permitido la participación de Vox, aun sin concejal en el Ayuntamiento. Por contra, destacó a últimoCero por ser “la voz de la militancia”, agradeciendo haber podido recopilar en este libro algunos de los textos publicados en estas páginas dentro de su blog ‘En pie’, además del apoyo de Mundo Obrero.

En el texto recopila las anécdotas e historias que se esconden “detrás de cada lucha”. Entre otras, explicó su primer día en las Cortes, haciendo llegar a Herrera la camiseta “sudada” de uno de los 50 trabajadores de ITV que se concentraban en la puerta del edificio para que la prensa pusiera el foco en la gente que estaba haciendo huelga y consiguiendo así que, con el gesto, abriera los telediarios tras entregarle la camiseta a Herrera. No obstante, alertó sobre el “peligro” de la “política del espectáculo” frente al discurso y la reflexión, como hace Alberto Garzón en el prólogo, aunque reconoció el valor de estas acciones como recurso para esquivar el ninguneo de los medios generalistas.

Manuel Sierra, José Sarrión y Sira Rego. FOTO: Gaspar Francés
Manuel Sierra, José Sarrión y Sira Rego. FOTO: Gaspar Francés

Relató también anécdotas llevando a las Cortes las reivindicaciones de diversos colectivos, como el militante vallisoletano de Parados en Movimiento que espetó durante una sesión un “con lo que nos dais, con 400 euros, no se puede vivir” a Herrera, a lo que la presidenta, Silvia Clemente, respondió con un “márchese y no vuelva jamás por aquí”: “¿Sabéis qué? El compañero va a volver conmigo a las Cortes en septiembre, la que no va a volver es Clemente porque la pillaron haciendo un pucherazo en las primarias de Ciudadanos”, afirmó el candidato de IU CyL en Marcha.

En el capítulo de agradecimientos, dedicó esta obra a su equipo en las Cortes “que han estado al pie del cañón” sin el que “nada de lo que cuento en este libro hubiera sucedido”, además de a su compañera Elisa “no solo por una cuestión afectiva sino por una cuestión política”, y en todo caso “fuera del amor romántico”. Entre las motivaciones para esta obra, en tono distendido, reconoció haberse sentido “tremendamente mal” al presentar su primer libro sobre su tesis doctoral, un texto “académico y aburridísimo”, y que mucha gente le confesara “José, no me he enterado de nada”, buscando con éste una literatura más amena. Por otra parte, quiso destacar a Atrapasueños, su editorial, quienes utilizarán el dinero que genere el libro para sustentar su proyecto, renunciando como autor a “cualquier beneficio privado”.

“No nos basta solo con que votéis”, exhortó al público el candidato de IU asegurando que el “gran desafío” es llevar sus propuestas “antes del domingo” a “la gran mayoría de la sociedad que no sabe lo que hemos hecho”:"Yo no soy solo un procurador, soy los miles de militantes de Izquierda Unida en Castilla y León, somos una expresión colectiva”. Volvió a advertir de que “todo apunta” a un Gobierno entre Ciudadanos y PSOE que anunció “va a incumplir todas sus promesas electorales tal y como ha hecho siempre”: “Necesitamos una izquierda sólida, rigurosa y potente, en la calle y en el parlamento”, concluyó reivindicándose como la “voz del movimiento obrero, de la gente que piensa y que lucha”.

Sierra y Sarrión durante el acto. FOTO: Gaspar Francés
Sierra y Sarrión durante el acto. FOTO: Gaspar Francés

 

“Hemos conocido tu obra antes que a ti”, reconoció Sarrión presentando a Manolo Sierra, recordando sus comienzos en el activismo y las obras del pintor para causas como la República, la educación o la sanidad públicas. El pintor leonés afincado en Valladolid destacó varios aspectos del libro, como la etiqueta de “crónica” que escapa del ego y la “autobiográfica” ya que un cronista es un “relatador de la realidad”, en este caso por parte de un “marxista declarado”. Alabó también su labor como procurador, siendo un “puesto de responsabilidad en un órgano colectivo”, y su implicación “parlamentaria y extraparlamentaria”, resaltando la “importante presencia en la calle” trabajando para lograr ese mundo “que soñamos, que está aquí y sabemos que nos lo están robando”.

Reconoció también los versos que dan título a la obra, de Jose Luis López Álvarez, recordando el tiempo compartido con él y otros artistas, rememorando también aquellos ‘villalares’: “Ya cunde en toda Castilla la Revolución Comunera, comunes el sol y el viento, común ha de ser la tierra, que vuelva común al pueblo lo que del pueblo saliera”, recitó el pintor.

Sira Rego, candidata de Unidas Podemos al Parlamento Europeo, que también se vota este 26M, intervino también en este acto cultural, aunque también electoral, destacándolo como un “lujo en medio de la campaña”. Reconociéndose amiga del autor, recordó cómo se conocieron en la “militancia comunista”, admirándole por ser “de los pocos que sabían de ecología” y por cómo “encandilaba a los camaradas” que se estaban formando en ecología social como una cuestión “esencial del cambio radical y del proceso revolucionario”.

Destacó el libro como “una radiografía de lo que él es, hace y piensa”, siendo los militantes de muy diversos movimientos los auténticos protagonistas del libro, además de un retrato de “cómo entendemos la práctica política la gente de Izquierda Unida” ya que, según Rego, “los procesos políticos no son solo lo que sucede en las instituciones, los procesos políticos suceden en las calles, en los centros de trabajo, en las vidas cotidianas”: “Todo eso es lo que él ha incorporado en la práctica política en la institución”, concluyó la candidata de IU a las europeas.

Si el mitin de IU – CyL en Marcha junto a Alberto Garzón de la pasada semana comenzó con poesía, este acto concluyó con la actuación del célebre mimo vallisoletano Jesús Puebla, tomando a varias personas ‘voluntarias’ del público para sus divertidos números, y la actuación del músico Jaime Lafuente, cantando, a capella, unas coplas dedicada al libro de José Sarrión y su trabajo político.


últimoCero adelanta el prólogo del libro de José Sarrión "Comunes el sol y el viento" que firma Alberto Garzón:

En los años sesenta, setenta e incluso en los ochenta era muy habitual que las universidades del mundo occidental estuvieran llenas de profesores que enseñaban marxismo y que se consideraban a sí mismos intelectuales revolucionarios. En España ello coincidió con el creciente proceso de lucha antifranquista, lo que hizo que el movimiento tuviera un carácter más agudo. Aun durante la dictadura, en los centros de trabajo se multiplicaban las huelgas y la sindicalización y en las facultades las asambleas empezaban a ser multitudinarias y eventualmente eran disueltas a golpes por la policía franquista. Algunos profesores, como Manuel Sacristán, fueron represaliados y perdieron sus puestos de trabajo, y también muchos estudiantes fueron expulsados de sus carreras. Pero el régimen franquista no pudo evitar ser desbordado. Eran tiempos en los que las movilizaciones estudiantiles se sumaban a las ya tradicionales del movimiento obrero y en el que los intelectuales y el mundo de la cultura cobraron un papel esencial en ambas.

Según destaca Josep Fontana, las revueltas estudiantiles de los sesenta tuvieron su origen en la “impaciencia y la frustración de jóvenes universitarios” del mundo occidental. Un fenómeno global que va desde la universidad de Berkeley, donde comenzaron las movilizaciones –en el marco de las protestas contra la guerra de Vietnam- hasta las barricadas de Paris, pasando por Alemania, Italia y México entre muchos otros países. Las demandas estudiantiles también fueron diversas, y oscilaron entre la exigencia de nuevos derechos civiles concretos y entre el deseo de “derrocamiento del sistema burgués”, todo ello bajo la fundamental influencia del marxismo, el ecologismo, el feminismo y la llamada “contracultura”. Nacía de esa manera una nueva izquierda que se extendía por todo el mundo y que en cada país cristalizaba de una manera distinta, atendiendo a las singularidades nacionales. Pero en todos los casos el patrón común parecía ser el enorme predominio de la intelectualidad a la hora de marcar la estrategia de los movimientos políticos.

Los estudiantes franceses, al igual que ocurría con los de otros países –especialmente los estadounidenses-, no estaban ciertamente preocupados por sus condiciones materiales de vida (empleo o vivienda) sino por elementos políticos relacionados con los derechos civiles –especialmente vinculados a la sexualidad y al pacifismo. En España a ello deberíamos sumar la lógica demanda de democracia y, también, que existía un punto de retraso notable en las condiciones materiales de vida en comparación con el resto de países democráticos. En Paris la revuelta comenzó con la aprobación de una ley educativa y la prohibición de las residencias universitarias mixtas, y fue sólo en el desarrollo de los acontecimientos cuando diversas facciones comenzaron a hablar de aspectos vinculados al empleo y las condiciones de trabajo. En ningún caso desaparecieron las demandas sociales, como la reivindicación del empleo digno, el acceso a la vivienda o a la educación, sanidad y pensiones públicas, por citar algunos ejemplos. Pero es cierto que fue el momento de irrupción de nuevas problemáticas como las ya citadas de ecologismo y feminismo.

El geógrafo David Harvey ha insistido a menudo en que el interés por el marxismo y la economía política retrocedió durante los años sesenta y setenta porque las preocupaciones de la sociedad, y especialmente de la izquierda, se habían trasladado hacia las cuestiones culturales. Había un creciente interés sobre las temáticas vinculadas a la alienación y sobre las causas posibles de que la clase obrera no quisiera hacer la revolución socialista, dejándose de lado el análisis económico. Es más, la mayoría de los marxistas occidentales eran filósofos y muy pocos atendían la cuestión económica, como puso de relieve el clásico estudio de Perry Anderson sobre el marxismo occidental. En aquel contexto socio-histórico típico del fordismo y del consumo de masas una obra como El Capital, que describe fríamente al capitalismo en sus fundamentos más elementales, parecía alejada de los problemas políticos de la época. Luego en los setenta vino la crisis económica y aquello empezó a cambiar.

Sin embargo, lo que no cambió fue que las universidades de todo el mundo, también las españolas, seguían llenas de profesores que enseñaban propuestas radicales, marxistas o inspiradas por dicha tradición teórica, sin que hubiera una conexión orgánica con los conflictos. Y es que aunque la importancia de los intelectuales había sido enorme, lo cierto es que había un notable grado de separación entre ellos y los movimientos políticos. Parecía más bien que esos intelectuales, con algunas honrosas excepciones, proclamaban «la verdad» desde sus púlpitos académicos.

Esa forma de hacer política distaba mucho de la que habían adoptado los marxistas clásicos como Lenin, Luxemburg o el propio Marx. Éstos habían sido además de intelectuales, con su producción ingente con la que trataban de desenmascarar las mentiras de la sociedad industrial, militantes y líderes políticos de organizaciones revolucionarias. De hecho, no concebían ser una cosa sin la otra. Frente a ese modelo, entre los intelectuales de segunda mitad del siglo XX predominaba la figura del inspirador que desde una torre de marfil recomendaba decisiones sin, en última instancia, mojarse demasiado.

En aquellos tiempos escribió el sociólogo Frank Parkin que «el marxismo académico , como ocurre con todos los cuerpos exclusivos, ha llevado a cabo su argumentación mediante un lenguaje arcano difícilmente accesible a los no instruidos» para criticar, en efecto, que además de estar separados física y emocionalmente de los movimientos políticos, aquellos intelectuales estaban también separados del lenguaje y de la realidad más cotidiana de las clases trabajadoras. La obra marxista se convirtió en una especie de ciencia lúgubre y prácticamente inaccesible para el común de los mortales, reservada de ese modo únicamente para los profetas que dedicaban su tiempo en exclusiva a la tarea del desciframiento.

Hoy esa situación no ha cambiado demasiado, a pesar de que hayan transcurrido cuarenta años. Eso sí, la fama del marxismo ha disminuido de manera desmedida y hoy sólo pervive en algunas facultades y en algunos departamentos. Pero la inercia que hemos descrito sigue siendo hoy dominante incluso en estos espacios más estrechos, algo que también ha agravado el actual y penoso sistema de incentivos para la promoción universitaria. El profesorado pare- ce obligado a alejarse de toda motivación política y a interpelar a la realidad desde la distancia, y muchas veces soberbia, hacia los movimientos populares.

Todo esto hace más interesante la presente obra. El lector o la lectora tiene entre sus manos un libro escrito por alguien que ha conseguido romper con esta dinámica. José Sarrión es, de hecho, un pensador clásico en el siglo XXI. Estamos hablando de una persona con una exquisita formación académica, con una tesis precisamente sobre el ya citado Manuel Sacristán, y que le permitió conseguir una plaza de profesor universitario. Con el tiempo, y mostrándose de esa forma que en el fondo los tiempos no han cambiado tanto, fue represaliado por su inclinación ideológica hacia la izquierda. La universidad consideró que un rojo no podía ser profesor a pesar de su acreditada formación. Afortunadamente, Sarrión pudo recuperar su plaza de profesor tras un tormentoso proceso judicial que puso de relieve no sólo la censura ideológica que le aplicaron sino también que aquellas leyes y conquistas logradas por el movimiento obrero, como fue por ejemplo el derecho del trabajo, le permitieron preservar su empleo.

Pero hasta aquí tendríamos solo el periplo de un profesor crítico con el sistema que sufrió la represión por parte de una institución que dice perseguir la verdad. Sin embargo, la historia de Sarrión va más allá. De hecho, al poco dio el paso fundamental de asumir responsabilidades públicas en su organización política, llegando a ser elegido diputado de IU en las Cortes de Castilla y León. Se convirtió así en una de esas bonitas excepciones en la izquierda y el marxismo actual: un intelectual que es al mismo tiempo un militante. Desde entonces ha sido capaz de extender su conocimiento y sabiduría académica a toda la organización al tiempo que abordaba conflictos políticos y sociales muy concretos que afectaban a familias trabajadoras de carne y hueso. La teo- ría y la praxis retroalimentándose.

Cualquiera que lea este libro, ameno y ligero, comprobará que no hay sólo un repaso de toda la trayectoria reciente de Sarrión en las instituciones sino que también verá que detrás de su escritura se percibe un modelo de país que está condicionado de forma determinante por su sólida ideología. Sarrión no es un dirigente de fácil proclama, ni tampoco un mitinero al uso, y mucho menos es una persona incapaz de llevar un debate en profundidad; todo lo contrario, Sarrión se da a la reflexión, es capaz de elevar los ánimos del público sin por ello perder el rigor o la entereza de sus posiciones, y evita la demagogia al tiempo que muestra a las claras en qué tipo de sociedad (desigual) vivimos. Y ha sido capaz, en este tiempo, de adaptarse a una sociedad del espectáculo de cuyos principios, y con razón, reniega. Ha logrado el cariño de miles de familias trabajadoras que han visto en él una ayuda en momentos difíciles e incluso ha conseguido algo aún más difícil: que hasta la gente de una ideología distinta le respete. No es eso tarea fácil en los tiempos que vivimos.

Por eso es muy recomendable leer esta obra. Porque las vivencias aquí aportadas son una muestra de una forma de hacer política que ojalá fuera más común. Probablemente si Sarrión se hubiera ocupado sólo de su vida académica, la propia universidad que le quiso expulsar se hubiera beneficiado de ello. Probablemente incluso él tendría más tiempo y, por qué no decirlo, sería hasta más feliz en términos individuales. Pero su compromiso político y su visión de que lo colectivo y común puede solo ser preservado mediante la lucha y el sacrificio nos ha brindado la oportunidad de beneficiarnos a nosotros, a su organización política y a las familias trabajadoras de Castilla y León. En esto se nota el influjo ético de su maestro, Manuel Sacristán.

Alberto Garzón

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