Hace dos meses el título hubiera sido inapropiado. Entonces todas las fuerzas políticas impulsoras de una salida progresista a nuestra doble crisis política y económica, no sólo I.U., estaban en una encrucijada ¿Estaría Podemos dispuesto a hacer las concesiones mínimas para que I.U. se tragara su orgullo y aceptara un pacto electoral en evidente posición de subsidiariedad? ¿Lograría el sector “garzonista” de ésta, imponer dicho pacto a sus oponentes identitarios, reforzados desde meses atrás por su alianza con Izquierda Abierta? A priori las apuestas estaban levemente a favor del “sí” en la primera pregunta, claramente en la segunda. Afortunadamente ambos pronósticos se han confirmado y quienes queremos un cambio real en el país podemos ir a votar el próximo día 26 sin habernos pasado la noche anterior en vela.

Sin embargo esta disyuntiva conducía en el caso de I.U. a otra. Al calor de las plataformas municipalistas de cambio había nacido un proyecto, que se llamó en principio “Ahora en Común” que aspiraba a convertirse en un punto de encuentro del conjunto de las fuerzas a la izquierda del PSOE para presentarse juntos a las elecciones del pasado diciembre. Cuando Podemos deja clara su nula voluntad de tomar parte en dicho proyecto, parte de su grupo promotor, en particular quienes tenían registrado el nombre, deciden retirarse. Quienes quedan deciden seguir con el nombre de Unidad Popular. Nombre por cierto con el que también había bautizado I.U. su proyecto de confluencia amplia, y lo había hecho antes incluso de la aparición de Podemos. Tal proyecto había sido mayoritariamente aprobado por sus órganos de dirección, pero nunca había pasado de ser una bella prédica. En este grupo que queda está (oficialmente) la propia I.U., otros pequeños partidos de izquierda y muchos activistas sin partido, vinculados en su mayoría a las redes nacidas en los procesos de convergencia municipal de los que I.U. fue parte activa. Buena parte de ellos, por cierto, son rebotados tempranos de Podemos, de quien se habían distanciado por el precoz giro institucionalista y de “partido serio” que dicha organización tomó.

Esa amalgama un poco caótica y la estructura consolidada de I.U. consiguieron hacer una campaña electoral más que decente, despertando muchas simpatías, aunque no tantos votos. Logró dos diputados por Madrid, Alberto Garzón y Sol Sánchez y un 3,7% de los votos. Si se tiene en cuenta de que no se presenta en Cataluña ni en Galicia, dicho porcentaje equivale al 4,7% de donde pudo concurrir. El resultado es mejor que el de I.U. en 2008 (un 3,8% y dos diputados, uno de ellos de IC que “esta vez no iba con nosotros”). Es inferior al de 2011(6,9%), pero igual al que había obtenido en las últimas elecciones autonómicas en las mismas comunidades. Parecería lógico deducir entonces que el proceso de UP no sólo no ha agravado, sino que ha detenido la sangría electoral de I.U. No es ésta, claro, la opinión del sector identitario de dicha organización. Siguen convencidos de que UP es (fue) una perroflautada más con la que les tocó tragar, que la hemorragia de votos se ha cortado porque los que nos quedan son de izquierdas de verdad, que Podemos es el PSOE.2…y que cuando “nuestros“ votantes engatusados por sus malas artes mediáticas se den cuenta, volverán a votarnos. Reconocen, eso sí, que no pueden plantear ninguna cabeza de cartel electoral sin que les de la risa al hacerlo, y que les toca tragar con Garzón y su indigesto plato de confluencias.

La situación cambia cuando empieza a quedar claro que de ese parlamento no puede salir un gobierno y vamos a unas nuevas elecciones. Y que el resultado de las anteriores era el de máxima inestabilidad: un cambio de diez diputados produciría resultados radicalmente diferentes según en qué sentido se diera. Esta evidencia consigue vencer las reticencias de Podemos y el conjunto de la dirección de I.U. acepta con mayor o menor entusiasmo la búsqueda de un acuerdo, consciente de que nadie en su sano juicio podía pensar que fuera a ser un pacto entre iguales.

La negociación se produce, pero no entre UP y Podemos, sino entre I.U. y Podemos. Ni siquiera entre I.U. en nombre de UP. Todo indica que el ten con ten al que llega el sector identitario con la mayoría “garzonista” es que ya que les toca asumir el acuerdo electoral con Podemos, al menos que éste asegure la supervivencia organizativa de la organización. Es decir, los puestos que nos dejen en las listas son nuestros y los ponemos nosotros, las subvenciones que consigamos son nuestras y los representantes que sean elegidos en nuestros huecos lo mismo. Ignoro si por la premura en la toma de decisión, por miedo a dividir la organización en un momento tan crucial, o porqué, la mayoría “oficialista” lo acepta.

Y aquí volvemos al principio ¿Qué hacer ahora con UP? Bueno…pues dejar que se muera. Si la coalición electoral va razonablemente bien, e incluso si no va, I.U. volverá a tener grupo parlamentario, lo que mejorará su visibilidad y sus maltrechas finanzas. En fin…bien está lo que bien acaba. El proceso inevitablemente conducirá a la órbita de Podemos a algunos dirigentes “con proyección” de la federación de izquierdas, como está pasando ya en Cataluña y Galicia, pero en el fondo nada dramático. Servirá para que los identitarios nos recuerden al resto que eso ya lo habían pronosticado ellos y que Podemos es a I.U. lo que el PSOE era al PCE.

En toda esta peripecia hemos perdido a uno de los personajes de nuestra historia: ese amplio sector de independientes, ese conjunto de activistas sin partido que en buena medida habían montado UP. Ésos y ésas con toda probabilidad no se irán a Podemos sino a sus respectivas casas. Rebotados de Podemos y tratados de incómodos “compañeros de viaje” por I.U., decidirán que sus tiempos de vanguardia activa han pasado. Seguirán apoyando, estoy seguro, al pueblo palestino y rechazando el TTIP, pero no dedicando una parte apreciable de su tiempo a construir proyectos políticos.

Me gustaría equivocarme, pero si estas tendencias se confirman, IU se habrá convertido en un fósil, es decir, en una copia mineralizada de lo que fue. Habrá perdido el patrimonio de simpatías e influencia política acumulado en estos últimos dos años. Volverá a los bien engrasados mecanismos de antaño, cuando se hacían modelos únicos de carteles y pancartas, porque a nadie le daba por inventarse coaliciones de nombres complicados, y hasta se podían utilizar los remanentes de la campaña pasada en la actual. Su programa seguirá reflejando las demandas de esos nuevos movimientos sociales de los que el 15-M es un síntoma, pero en su práctica política habrá renunciado a participar en las formas de activismo político que de aquella inquietud nacieron.

En fin, que, en una encrucijada, tomar el camino de en medio no es siempre una buena idea. Y ese parece que es el que ha tomado la dirección de I.U.: solos no, pero con perroflautas menos.

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