Si no terminara Carnaval, no habría Semana Santa, según los calendarios que nos gastamos ¿no? Por imaginar que no quede. Imaginar hacen Los Alegres Pillastres, dúo de francos disparadores fotográficos que muestran en Estudio Arambol (C/Labradores, 12) su última propuesta: La Pasión de Lolo. Un vía crucis ‘imaginiero’ apto para esta Semana Santa en ciernes. Con humor, como es habitual en ellos –ya lo anuncia su nombre artístico-, y en este caso, resurrecto. Si Cristo lo hizo, al final de su vía crucis, pues Lol por qué iba a ser menos, si también es humano como JC y ‘divino’.

Las injusticias, las desigualdades ¡cuánto arte provocan! Pienso ahora en el cine de terror, aún tirando de viejos monstruos: vampiros, hombres lobos, momias, ¡zombies!, demonios –en el Resurrection Fest, Mayhem tocarán “De Mysteriis Dom Sathanas”, entero-…

Una de las historias más terroríficas que he visto recientemente es ‘Miguel, 15 años en la calle’, de Miguel Fuster (sus tres partes recopiladas recientemente en un integral). Obra autobiográfica de un dibujante de cómics que tenía para sus necesidades básicas y sus diversiones, y algún plus aparte, y terminó viviendo en la calle.

Fuster aterroriza con sus rayones, en blanco y negro, con ellos transmite las sensaciones, el ambiente de pesadilla que llega cada noche en la ciudad donde se le permite vivir, y él verá si se quiere morir; sin fiarlo todo a tocar la fibra sensible de denuncia social, como haría el cine. Si se hiciera una película dudo mucho que alcanzara las cotas de angustia, de miedo puro que destila el cómic. ¿Por qué? Baste decir que el cine es la menos libre de las artes, tiene más miedo que Miguel en la noche ocultándose de sí mismo, de todo y todos los que le rodean y pueden rodearle, monstruos sin efectos especiales que no le abandonan ni por mucho que beba, y ha bebido hasta el alcoholismo. (Miguel Fuster ha sobrevivido o contenido a los monstruos, porque existe gente a la que le duelen las penas de los demás, incluso más que las suyas, y lucha. Héroes y heroínas hay poc@s; luchador@s, más de los que creemos).

“¿Nos sumergimos en el horror de ficción como sistema de embotar nuestras emociones en la vida real? ¿Es alguna especie de inoculación… una pequeña dosis de algo terrorífico con la que esperamos inmunizarnos ante una mayor y más grave agresión en nuestra vida futura? ¿Puede incluso ser una útil, si no vital, herramienta con la que ser capaces de investigar y comprender los orígenes del horror sin exponernos al daño físico o mental real?”, se preguntaba el mago Alan Moore, cuando escribía los guiones de ‘La Cosa del Pantano’.

Guardo intensos y divertidos recuerdos de las pelis de terror. Un descanso a mitad de la proyección de ‘La matanza de Texas’ y preguntarse seriamente si entrar o irse: entro y que sea lo que Cara de cuero quiera. Proyección de ‘Posesión infernal’, una chica se vuelve de espaldas en su butaca, tapa sus ojos con las manos para no ver, al tiempo que pregunta mientras golpea al chico de al lado, que, absorto, mira la pantalla, “¡¿qué pasa?! ¡¿qué hacen?!, pero ¡cuéntame!”.

“El terrorismo beneficia al Estado”, una frase de uso muy corriente durante los años 60-70-80 en los círculos de análisis políticos. Los tiempos cambian para algunas cosas. No hay un revival del terrorismo, no regresa el Ejército Simbiótico de Liberación, ni la Baader-Meinhoff, como sucede con la música –y el cine, y los libros, y la poesía y el teatro…-, el la la la sigue mandando.

Hubo un momento en que todo pudo cambiar. En el 2001, en la entrega de los Oscar a la mejor canción destacaban Bob Dylan y Björk. Dylan en su estilo habitual, el que merecidamente le convirtió en un genio de su tiempo; la islandesa, con un traje blanco, de cisne, creo que decían los más benevolentes, con una canción de ‘Bailar en la oscuridad’, que en la película cantaba con Thom Yorke, de Radiohead, “I’ve seen it all”. La interpretó de forma tan emocionante como en el film. El Oscar fue para Dylan, que no tenía culpa de nada. Ese día podría haberse producido el relevo artístico que desde los 80 venía asomando y después tomando forma sin parar, y los estilos musicales del tiempo de Dylan habrían pasado a significar lo que la copla para el público español actual: “ni idea”, “aquello de mi madre, abuela, tío”.

Y aquí estamos, con el la la la, en primera línea. No recuerdo bien si era John Surman o algún otro músico free, a quien hice de chófer; tenía que traerle desde Barajas a Valladolid, actuaba en la Muestra de Teatro. Le acompañaba otro músico. Montan el coche y suena El Último de la Fila, el del disco de insurrección o los plateados, mediados de los 80, calcula. Dice Surman al oírlo, “more la la la la”, con hastío. Quito la cinta y pongo a Steely Dan, a los que reconoce, “hombre, esto es otra cosa, dentro de lo que hay”. Sí que se curraban más las canciones el grupo de Fagen y Becker. Y podían ser pegadizas. Las recuerdo con gusto.

¿Sacará una nota la Seminci diciendo que en Valladolid se descubrió a Damien la la la Chazelle? ¿que aquí se proyectó la peli iraní y sólo el jurado de la juventud la premió?. Qué pillastre la Seminci. A ver si da alguna alegría algún día del futuro.

El terror, el horror ¿quién dijo miedo? (amig@s vasc@s si hay algún error en el titular dirigirse a guguel).

No hay comentarios