Hace unos pocos días leí el artículo “Lo llaman diálogo… hablemos” de mi compañero de foro Tomás Guillén y aún no he salido de mi asombro, a pesar de haberlo releído varias veces. Sólo me parece comparable a la escena de “Sopa de Ganso” en que Rufus T. Firefly (Groucho), nuevo presidente de Libertonia, se deja convencer para disculparse con el embajador de Tirania por haberle insultado y evitar así la guerra. Pero mientras espera su llegada empieza a preguntarse qué pasará si el embajador no las acepta, en qué lugar quedará él…cambiando progresivamente el contenido de lo que va a decir al diplomático cuando le aborde, con el resultado final de que cuando éste llega, directamente lo abofetea: es la guerra.

De igual forma el autor comienza el texto con una loa histórica de la idea del diálogo, para acabar concluyendo que éste sólo puede basarse en la previa aceptación de los principios de justicia y verdad que él (y la Constitución) sin duda representan. El diálogo será sin duda ágil y fluido. En cierto sentido es el que ya mantiene el Gobierno con el Sr.Rivera, que se ajusta a la definición que da el Sr.Guillén de potencial interlocutor ( “catalán dispuesto a tender puentes en aras de un futuro común de convivencia y de paz”). Lo que no me parece claro es que tal diálogo sirva para mucho.

Tengo la sensación de que si algo ha librado de males mayores a la Humanidad, no han sido precisamente los diálogos platónicos, sino los “tratos, convenios, negocios o todo a la vez” que tan condenables le parecen a don Tomás. Es más fácil ponerse de acuerdo sobre las previsibles consecuencias de mantener vivo un conflicto que sobre la idoneidad moral de los móviles de cada contrincante en él.

Por otro lado, una de las consecuencias de los cambios morales que se han producido en nuestras sociedades en los últimos años es que sabemos que, aunque el ideal de justicia es una constante de la idea de sociedad civilizada, las normas concretas que de ella se deducen no tienen nada de inmutables. La “Carta sobre la tolerancia” de Locke citada en el texto rechaza que los tribunales condenen a nadie por hereje, y considera que estos deben limitarse a perseguir las conductas que son a todas luces delictivas, entre las que incluye el adulterio. En Europa y en el continente americano no hay un solo país que en este momento lo considere materia penal. No sé si es que la categoría moral de nuestras sociedades ha caído mucho desde el siglo XVII, o es que hemos llegado a la conclusión de que no habría cárceles suficientes para tanta/o delincuente. Por poner un ejemplo más cercano, la obligatoriedad del servicio militar fue hasta 1982 una norma aprobada por un parlamento democrático. A partir de tal fecha se podía evitar cumpliendo la prestación social sustitutoria, que es rechazada también por los denominados “insumisos”. A finales del siglo pasado había más de 15.000 incursos por este motivo en procesos penales. ¿Habría que haber encarcelado a todos?

En fin, sólo un apunte más. Otro de los autores citados es Habermas, conocido por ser el gran difusor del concepto de “patriotismo constitucional”, que de alguna forma se pretende contraponer a los “nacionalismos excluyentes”. Se olvida que en la RFA de postguerra, ese “patriotismo” pretende arramblar con el viejo nacionalismo alemán que había conducido al mundo la mayor carnicería de su historia. La Constitución a la que se refiere representa una ruptura explícita con esa Alemania anterior. La española de 1978 es, por el contrario, el resultado de un “trato o convenio” con los poderes herederos del franquismo, que imponen de facto la monarquía y vetan cualquier posible proceso de autodeterminación (que la mayoría de las fuerzas democráticas llevaba en sus programas en 1975). En dichos puntos, quienes habíamos defendido la ruptura democrática tuvimos que “transigir”. Elevar el resultado de dicha transacción a principio incontestable de la justicia y la paz es, en mi opinión, ir mucho más allá de aquello a lo que la formulación de Habermas autoriza.

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