“Tu cuerpo es mi cuerpo, un sólo cuerpo ambos, el cuerpo del amor, conjunciones, disyunciones, copulaciones, cuerpos entrelazados, palabras de amor; yo no soy yo, que soy tú que eres yo.

Interminable diálogo de amantes, abolición del tiempo en el éxtasis, renovado amor, mi gloria en tus ojos, luna y sol de mi suerte, alumbrando tu carne flor, llameante hoguera, playa extendida, turris eburnea, domus aurea (…)”.

Cuando era adolescente leí cientos de veces este poema.

Lo encontré en “El libro de la Sexualidad” un coleccionable que coordinó la Doctora Elena Ochoa allá por los 90 y al que muchos padres de la época –clásicos a la par que modernos en la cuestión- confiaron la Educación Sexual de sus hijos. Desde mi más profundo desconocimiento del tema, percibía que en aquel texto se revelaba lo sagrado del binomio Amor-Sexo.

Además, ese colofón latino -“Torre de marfil, casa de oro”…¡guau!- me volvía loca. Amaba la Poesía y el Latín, esa lengua pluscuamperfecta, precisa y solemne, no sólo apta para hablar de las batallas del César y los Carpe Diem de Horacio.

Deprisa, deprisa. Ahí vamos. También en nuestras relaciones.

Nos olisqueamos como perros confusos en la oscuridad cobarde de una discoteca y, casi sin mediar palabra, podemos concluir compartiendo lecho con una persona de la que no conocemos aspectos tan esenciales como su canción favorita, el nombre de su constelación más amada o cuál es su caricia predilecta. Empezamos la casa por el tejado, que suele decirse.

Habría que volver al beso, a un delicioso y prolongado beso de tres lunas. Vivenciar ese momento entre mágico y milagroso en el que nuestros labios sellan la atracción sentida por un semejante.

Escuchar una ópera completa mientras sucede o 7 discos de pop -si somos de otra naturaleza- pero reconocer la trascendencia de ese lance, regalándole su propia banda sonora. Después, sólo una vez descubierto a qué sabe cada rincón de la boca del cómplice, llegarán las caricias.

Esa eternidad en las yemas de sus dedos,

quedarse a vivir en su pecho,

respirar cada latido,

tejer un piel con piel profundo y amoroso,

bucear en el goce sin red.

Y entonces sí, solamente una vez que cada centímetro de la piel haya sido vivido, amado, conquistado… entrar a matar.

El buen sexo es algo parecido a morir juntos. Algo semejante a marcharse, esa ilusión creada en díada, es la antorcha que nos conduce a un lugar mítico: la mansión del AMOR y el PLACER, donde sólo pueden ir los amantes valientes con corazones nobles y certeros.

Matarnos a besos.

Resucitarnos a base de caricias.

Y después, cuando ya hayamos trazado el mapa epidérmico del otro, dulcemente copular.

Sí, “Copular”, es un verbo maravilloso. Implica unión. Nada de aquí te pillo, aquí te mato. Lento, todo se detiene para poder apreciar, valorar, saborear ese momentazo en el que nos entregamos a un mar vecino.

Señoras y señores, eso es hacer al Amor: desvanecerse en el Alma humedecida del cómplice. Déjense de folleteos rápidos e impersonales con 7 gin-tonics dispersando la divina cuestión.

Relean a Novalis, ya saben “Mi cuerpo es un templo”.

La presencia, amorosa y plena, es lo más poético y revolucionario que puede hacerse hoy en día a nivel sexual. Háganlo con Amor, de lo contrario…. mejor jueguen al Candy Crush como un diputado descreído en el Congreso.

Sino van a comprometerse con el calor del otro, ni empiecen.

El cuerpo del amante es su hogar más íntimo, la casa que abre para hospedarnos.

Seamos unos huéspedes impecables.

Hacer el Amor es acariciar el Alma al ser amado -que nadie se me asuste y no siga leyendo- para los alérgicos al compromiso, citaremos “a la aventura amada”… también. Hay que amarse, aunque sea un encuentro breve, tiene que estar ese gesto, esa reverencia.

“Tu cuerpo es mi cuerpo, yo soy tu cuerpo, un solo cuerpo ambos, el cuerpo del amor …”, ya conocen la letanía.

Y mirarse a los ojos, a ver si somos capaces de desentrañar ese misterio, el de encontrarnos verdaderamente con el otro.

Así, sí nos gusta.

Pd. ¡Feliz AMOR!

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