Desde que en 1960 se pusiera de moda la celebración de debates electorales entre los presidenciables norteamericanos, la existencia de disputas electorales televisivas entre aquellos que aspiran a desgobernarnos se ha convertido en una especie de rito de paso, de los que teorizara el antropólogo Arnold Van Gennep. Dicen los expertos en comunicación política que los consabidos debates electorales no mueven más allá del 2% de la intención de voto, y no obstante algunos de ellos han resultado muy decisivos en el devenir de multitud de citas electorales, como la ya consabida elección presidencial norteamericana, donde un joven y brillante abogado, JF Kennedy, logró superar al entonces considerado más presidenciable: su rival republicano Richard Nixon

El caso es que este país en el que algunos tenemos la desgracia de vivir suele apuntarse a las modas extranjeras, generalmente de forma cutre y extemporánea. Dan vergüenza ajena esos debates tan kitsch que a principios de los 90 celebraron dos actuales ex-presidentes. Comentaba ayer uno de los entonces contendientes que hoy se “merendaría dialécticamente” a quien osara debatir con él. Eckhart Tolle dijo una vez que hay gente que necesita estar enamorada permanentemente de su drama personal, esto es exactamente aquello que le ocurre al señor Aznar.

La campaña electoral del 28-A viene marcada por dos claves hermeneúticas. La primera la irrupción de un partido populista de derechas, como es VOX, que amenaza con poder convertirse en la traducción patria de los Bolsonaros, Trump y Salvini locales. Por otro lado la estrategia diseñada por Iván Redondo , a la sazón asesor aúlico del presidente Sánchez, para apelar a la concentración del voto útil de izquierda y centro izquierda en el PSOE, como único dique de contención frente a la amenaza del fascismo. Dicha estrategia se basaba en la apelación al voto del miedo, en el desarrollo de una campaña electoral de perfil bajo, con la celebración del menor número de debates posibles y siempre en presencia de VOX, para así poder incomodar a los otros dos partidos, PP y C’s , que se disputan al electorado de centro derecha y derecha.

El primer problema con el que se ha topado esta estrategia ha venido dada por la irrupción en escena de un personaje, Steve Bannon, auténtico fundador de una especie de internacional nacional-populista, cuyos tentáculos se extienden por diversos puntos de la geografía mundial. Bannon ha logrado que VOX disimule algunos de los los aspectos que más netamente identifican a dicho partido con imaginarios franquistas en favor de una presentación del partido como una fuerza política anti estalishment, anti elítes y que pueda agrupar el voto del descontento contra el sistema partidocrático español. El éxito ha sido sólo parcial, pues VOX no ha explotado completamente todas las posibilidades estratégicas apuntadas por la solución Bannon, y ha preferido situarse en los lugares clásicos del conservadurismo más rancio, como pueden ser las cuestiones de moral sexual, aborto, tauromaquía, aderezados con cantos de sirena en favor del Thacherismo neoliberal. Otro punto que han sabido explotar es el hastío de una buena parte de la población con la llamada corrección política, una de las armas de destrucción masiva del Trumpismo, y que ha sido objeto de un interesante debate filosófico hace unos días entre los dos enfant terrible del ensayismo editorial en estos años: el esloveno Slavoj Zizek y el psicólogo junguiano Jordan Peterson.

La exclusión por la junta electoral central de VOX de ambos debates electorales sólo ayuda a reorzar la convicción que puede tener parte de la ciudadanía de que hay temas, reales, imaginarios, exagerados o instrumentalizados, respecto de los cuales no se puede debatir, ni hablar. Justo lo que defienden partidos como VOX. Flaco favor a la democracia y a la estrategia electoral del PSOE que no ha podido visibilizar como le hubiera gustado esta entente cordiale de las tres derechas, cuya manifestación más clara se vio en las pasadas elecciones autonómicas andaluzas.

Centrándonos propiamente en los dos debates; tanto el celebrado en RTVE, como el auspiciado por el grupo de comunicación de Atresmedia, hay que hacer una serie de consideraciones generales:

En primer lugar, afirmar categóricamente que el formato, y el número de participantes no contribuyó en absoluto a dotar de agilidad y frescura al mismo. Excesivamente tedioso, bronco por momentos, dando siempre la impresión de que todos y cada uno de los participantes estaban más interesados en exhibir más testosterona que propuestas. Sólo se salvó en este punto un comedido, y quizás en demasía sosegado Pablo Iglesias, más interesado en demostrar la constitucionalidad de su reconvertido a la socialdemocracia más clásica, Unidas Podemos, que en destacar las insuficiencias y las contradicciones de un sistema político, respecto del cual la ciudadanía tiene poco que decir en muchos temas, como pueden ser la forma de estado, la jefatura del mismo o la impronta feminista.

Dicho lo cual, todos y cada uno de los participantes lograron ceñirse al papel esperado, salvo Unidas Podemos, que adoptó una estrategia netamente conservadora, que lo único que buscaba era reivindicarse como socio preferente de un futuro gobierno socialista. Quizás la huida de Errejón o los malos pronósticos de las encuestas le han convencido al partido de Iglesias de que mantener una estrategia tan poco arriesgada era la única opción viable. Seguramente la poca solidez retórica del actual presidente Sánchez, desquiciado ante los malos modos y la retórica vacía de un Rivera testosterónico, pueda darle algunos votos de indecisos socialistas, pero no es menos cierto que quizás pueda también perderlos del lado de sus votantes más decididamente anticapitalistas. En cualquier caso hay que destacar la solvencia intelectual de Iglesias, muy superior a la del resto de candidatos y su acierto en señalar la realidad de muchos de los problemas que de verdad preocupan a la ciudadanía y que poco tiene que ver con las querellas identitarias que tanto gustan, tanto al independentismo como a la derecha. Si algo se echó en falta en su discurso fue una mayor valentía en denunciar aquellos aspectos menos democráticos de la constitución, de la que ahora parece haberse convertido en decidido defensor.

De Sánchez destacar varias cosas. Se defendió mejor en aquellos aspectos relativos a las políticas sociales y en general en su defensa del legado feminista de su partido, aunque bien es cierto que la ausencia de VOX se lo puso mucho más fácil, debido a lo incómodo que resultan estos temas para la derecha. No es un gran orador y su bagaje intelectual dista mucho de ser óptimo, hasta el punto de que si el debate hubiera sido de unas primarias de su propio partido, Iglesias le habría arrebatado fácilmente la secretaría general. Por lo demás salió vivo y no parece que vaya a perder muchos votos hacia su derecha, y los que pierda por la izquierda están a buen recaudo pues irán a parar a su socio preferente.

Casado lo tenía muy difícil. Tenía que logar la cuadratura de círculo. Reivindicar el legado de dos presidentes tan antagónicos como Aznar y Rajoy, mostrarse renovador sin aceptar la evidencia de la tremenda corrupción de su partido y al mismo tiempo mostrarse duro para recuperar terreno perdido en favor de VOX parecían una tarea imposible. Casado tiene una formación intelectual muy endeble, como lo atestigua lo discutible de su curriculum, pero es un orador brillante capaz de movilizar a buena parte de su electorado. Aunque una buena parte del formato del debate se diseñó para incomodarlo claramente ( violencia de género, aborto, pensiones… ) supo salir más o menos airoso de su cometido de no perder muchos votos de la derecha moderada, al mismo tiempo que logró, por momentos, sacar a colación muchas de las contradicciones del PSOE y C’s. No obstante su principal rival, VOX, no se encontraba en el plató de la TV, por lo que es difícil valorar si logró o no detener la sangría de votos de su partido hacia la derecha más dura.

Por último destacar que el candidato naranja, Albert Rivera, demostró en innumerables ocasiones su falta de educación, su oratoria marrullera y lo que es más preocupante para su devenir electoral: lo inconsistente de su discurso. El presidente Sánchez acertó al destacar el carácter filibustero de su acción parlamentaria y Casado logró presentarlo como lo que es: un oportunista que puede variar sus coordenadas ideológicas según convenga macroscópicamente.

En definitiva los debates fueron aburridos y se echaron en falta muchos de los problemas que hoy se debaten en el seno de la sociedad (cuestiones feministas, ecológicas y de regeneración democrática).

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