El pasado 1 de junio, al regresar de una actividad tan edificante como un partido de baloncesto, mi hijo demandó acercarse a la “exposición” que con motivo del Día de las Fuerzas Armadas estaba instalada a las puertas de la Academia de Caballería.

Suelo practicar un ejercicio de tolerancia ante inclinaciones del pequeño porque medito sobre la necesidad de que construya su propia visión del mundo, así que, a pesar de que yo hubiese preferido ir a saludar a los inocuos patos del vecino Campo Grande, accedí.

Accedí como digo, y mi inquietud fue in crescendo conforme avanzaban nuestros pasos en aquel festival de la contienda. ¡Bienvenidos al Parque de atracciones de las Fuerzas Armadas!. My god!

Hordas y hordas de entregados niños que tras montarse en un tanque, empuñaban un mauser o se protegían con chalecos antibalas ante un hipotético adversario. Lo peor era la cara del personal que con total satisfacción y orgullo atendía las demandas de aquellos infantes aprendices del horror.

Mi retoño preguntó sobre una escopeta con un cañón de tamaño desorbitado y el señor de turno -con total tranquilidad- le contestó que “allí metían las pelotas”. Ya no hubo más cuestiones, quiero creer que pensaría que usaban las pelotas para algún tipo de habilidad en los entrenamientos. Rumié la cantidad de veces que esa “herramienta” se habrá usado para reprimir una protesta justa de la ciudadanía. Y yo, allí parada, la cosa tiene pelotas.

No vean en mí una enemiga de la policía y todo ese discurso barato. “El cuerpo” señoras y señores se ocupa de solucionar muchos problemas que nadie querría afrontar. Conozco a un buen número de agentes municipales que son buenísimas personas y muy profesionales, pero de ahí a organizar un parque temático para la infancia con las fuerzas de seguridad… hay un buen trecho.

Me parece obsceno.

Una imagen para ilustrar lo que digo. Un mico de apenas 5 años es “atrezado” con toda la parafernalia militar delante de un fusil, justo cuando se va a acercar a la empuñadura, le colocan un enorme casco en la cabeza que lo desequilibra y se golpea bruscamente en la boquita con el arma. Empieza a llorar ostensiblemente mientras yo advierto: de aquí nace un artículo.

Aquí lo tienen. ¡Ah! y una cosa más, y ya me quedaré del todo a gusto. La visión en el telediario de la monarquía saludando a las tropas es patética. Ese pastizal que nos gastamos en mantener a una familia que tenía que currárselo como todas las que pueblan el país, ¿no?

Y el patriarca se retira de la vida pública pero sin renunciar a la lotería anual que recibe de nuestros bolsillos. Una absoluta desfachatez. Esto es lo que es.

¡Dios salve a nuestros hijos!

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