Barajé Hydra como destino. Refugio de mi adorado Leonard Cohen. Avatares del capricho que fui a poner los pies en Mykonos, bautizada como “la nueva Ibiza” del Mediterráneo. Hordas de turistas en busca de la piedra filosofal veraniega ensombrecen el encanto mykoniense. Parecen inofensivos, pero las havaianas y los vasos de freshjuice son la versión contemporánea de lanzas y escudos. El turismo de chancleta es una suerte de colonización actual.

Quizá por ello aperciba cierta hostilidad del mundo helénico ante mis demandas de guiri. Son cositas sencillas: pedir que el conductor del seabus pare en la parada convenida, preguntar por un buen restaurante, alquilar un coche a precio razonable…etc. Es curioso como arrastran el inglés, lo golpean contra las rocas del mar Egeo. Y cuando les escucho hablar en lengua patria, me da la impresión de entenderlos. ¡¿En otra vida fui griega?!...

Vivencio mucha bordería y corro el peligro de hacer eso tan peligroso de generalizar.

Justo a tiempo llega la salvación en forma de mujer. En la Pensión Marías de Tourlos se desactiva cualquier vestigio de rechazo. Nos mira Xrisa, me mira Creta a través de sus ojos para ofrecerme sandía y un chupito de tsikoudia, tras cenar en su encantador establecimiento lleno de fraternidad y auténtica hospitalidad. Brindo por ella, por el origen.

Regreso fiel cada noche a degustar la deliciosa cocina casera y voy armando piezas de su puzzle. Ella nació en la isla del Minotauro y emigró a Mykonos por amor. Amor a Giorgios, un excelente anfitrión. Atención, ahí va un spoiler del viaje: cuando llegue la partida -una semana después- su buen marido me acercará al aeropuerto por pura camaradería, puesto que yo me alojaba en un hotel vecino… ¡gente increíble!.

“¡Es bueno ser rey!” pregonaba un susodicho en la peli 'La loca historia del mundo'. Es duro ser griego apostillo yo. Pasado mítico, presente precario y futuro incierto. La sombra de la derecha es alargada. Está roto. Mascullan los insensibles. Las ruinas son una metáfora.

Por lo que respecta a mí. Estoy viva. Soy rubia, planeo sobre un privilegiado cielo occidental. Nadie me explota. Viajo por puro placer.

Mis preocupaciones durante unos días serán las mismas que las de cualquier otra disfrutona. ¿Tomo tzatziki, moussaka o yemistá? Me descubro yonqui del baklava: hojaldre, nueces y almendras por la vena. Luego volveré al gim a corregir el acumule.

Entonces –reflexiono- no es tan grave que un par de lugareños me contesten mal. Lo grave es lo otro. Lo de los otros.

Pienso ahora en ellos. Los agolpados en pateras. Los otros. De tez más oscura. Los otros. En un viaje hacia el firmamento de la desesperanza abriendo sus paraguas de esperanza. Increíbles. Los otros, que no encuentran el abrazo de una nueva lengua, la belleza del atardecer, un puerto nuevo que facilite la prosperidad.

Occidente tiene su propio Minotauro, devora entre sus garras de mar miles de seres sacrificados sin que aparezca ningún Teseo que ponga fin a la barbarie. Malos tiempos para los salvadores y los brazos abiertos.

Visité Delos, cuna de Apolo y Artemisa, centro de espiritualidad para los antiguos griegos, allí recé con la fuerza de esta tierra legendaria, borracha de su luz mayestática: ¡Ojalá que todo ser en ruta encuentre su Xrisa! Una mirada cálida que anuncie: “Eres bienvenido”.

Pd. Hoy mi hijo escudriñaba mi gesto mientras escuchaba la última hora sobre el Open Arms, y me ha preguntado:

-“¿Mamá son familia tuya?”

-“No, cariño, ¿Por qué dices eso?

-“Por la expresión de tu cara y porque lloras por ellos”.

Entonces me ha asistido esa frase de Bakunin, que atesoraba mi carpeta de BUP, y le he revelado:

-“Lloro porque… mi patria es el mundo. Mi familia la humanidad”.

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