Acabo de leer los dos correos de despedida, que nos habéis enviado, el que enviáis a los colaboradores y el remitido a los socios del periódico. Los he leído y he recibido la noticia del cierre de Último Cero con una gran tristeza, como "un manotazo duro, un golpe helado, / un hachazo invisible y homicida, / un empujón brutal [...]". Hoy será un día triste, muy triste.

Madrugo siempre, y estas horas de la madrugada son las más productivas: son las que dedico a la pluma, fundamentalmente a mis trabajos con los filósofos del siglo XVII, y sé que ésta no va a gastar mucha tinta con la traducción de la correspondencia entre Leibniz y Bossuet, porque vuestra retirada es más importante ahora mismo que mi compromiso con este trabajo.

Con el cierre de Último Cero alguno se alegrará de no tener que poner, negro sobre blanco o en las ondas, noticias que siempre han silenciado; los jóvenes se verán silenciados, precisamente por el abandono con el que se tratan sus iniciativas y problemas; se resentirá el ámbito crítico sobre la realidad y, sobre todo, la búsqueda de la verdad y la libertad de expresión, tan necesarias como difíciles de encontrar.

Durante estos siete años os he acompañado en esta aventura con mis humildes colaboraciones y, en la medida de lo posible, con mi solidaridad. Habéis sido un ejemplo de honestidad, aunque ésta no siempre agrade, y, por lo que se refiere a la libertad de expresión, debo agradeceros que jamás haya recibido la menor insinuación por mis opiniones, que habéis publicado siempre íntegras, sin la menor condición o modificación. Esto es infrecuente, pero solamente así se siembra y abona la libertad de expresión, sin la que la democracia se muere.

En este momento, recuerdo un poema de un Jorge Luis Borges joven, que a sus veinticuatro años, en 1923, publicaba un poemario titulado "Fervor de Buenos Aires", que casi terminaba con un poema titulado "Despedida":

"Entre mi amor y yo han de levantarse
trescientas noches como trescientas paredes
y el mar será una magia entre nosotros.

No habrá sino recuerdos.
Oh tardes merecidas por la pena,
noches esperanzadas de mirarte,
campos de mi camino, firmamento
que estoy viendo y perdiendo...
Definitiva como un mármol
entristecerá tu ausencia otras tardes".

Lo expresa muy bien Borges; expresa muy bien cómo me siento y, creo que puedo decir, cómo nos sentimos los colaboradores y seguidores de Último Cero. En estos siete años, el periódico ha luchado (habéis luchado) contra corriente, en un momento en el que se piensa que todo es gratis y, sobre todo, que la información y la cultura es gratis, una actitud que conduce al adelgazamiento, la debilidad y, finalmente, a la muerte, el mantenimiento del periódico era difícil, como es difícil casi todo que limite con la generosidad y la honradez.

En todo caso, y, antes de despedirme, quiero daros las gracias con sinceridad, así como felicitaros por el trabajo que habéis desarrollado durante todo este tiempo, que ha sido un servicio honesto y verdadero a la sociedad. Espero y deseo que tengáis un futuro esperanzado y bueno, en el ámbito personal y en el profesional, y deseo asimismo deciros que, en la medida que mis fuerzas y de mis posibilidades, me tenéis a vuestra disposición para lo que estiméis oportuno. Ha sido una suerte conoceros y leeros.

No sé si es posible, ni siquiera estoy seguro de que lo que vaya a deciros sea oportuno. Lo pensáis y si os parece bien...: ¿por qué no despedirnos -de momento- con un café compartido? ¿Por qué no hacerlo al menos los colaboradores con vosotros? Lo dicho: lo pensáis.

Siento no remitir directamente este mismo correo a Gaspar, porque desconozco su dirección de correo. Os ruego que se lo remitáis. Muchas gracias.

Salud, paz y felicidad, con un abrazo fuerte.

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