“Andrómedas” de Clara Sanz.

Un debate que está pendiente, y cada vez se hace más necesario cuanto mayor es el número de “festivales” de cine que proliferan, vegetan, se adormecen; es el del valor cultural de estos encuentros anuales, su necesidad intrínseca más allá del mero escaparate personal, y su rentabilidad, no la económica, que es cuestionable si hablamos de cultura o educación, sino la formativa para el espectador. Es un debate que debe plantearse a partir de ahora, o debería, desde la crítica profesionalizada ya que desde el interior de muchos festivales parece actuarse con absoluta ajeneidad hacia lo que representan para la creación de espacios cinéfilos permanentes y como focos de cinefilia futura. Por eso hay festivales y hay fiestas, y en nuestra ciudad de Valladolid sabemos lo que es lo segundo, pero desconocemos la potencialidad de lo primero. No se necesitan centenares de películas, ni centenares de invitados de todo tipo, no se necesitan galas televisadas ni exhibición de egos envueltos en gasas, terciopelos ni muselinas. Se necesita sentido de programación y ganas de que el público evolucione al ritmo que marca la creación audiovisual, no que los festivales rebajen su exigencia para hacer sentir cómodo al espectador.

La diferencia entre un buen festival y otro irrelevante, pese a ser un dispendio de presupuesto público, es que uno no se preocupa por si el público será capaz de asumir nuevos lenguajes, sino que le enfrenta al reto para que decida por sí mismo, ofreciendo aquello que tiene vedado el terreno de la distribución comercial. Eso supone alejarse de las compañías distribuidoras convencionales aunque éstas (y aquéllos) se cuelguen el cartel de “cine de autor”, teniendo que asomarse al amplio catálogo de producciones, sean de quien sean, y aunque haya una limitación geográfica, a España y Latinoamérica como es el caso de Márgenes. Si un festival como Márgenes con 20.000 € de presupuesto, es capaz de ofrecer, sin exagerar y siendo exigente en lo que se ve, una docena de películas de alta calidad, y otro como Seminci, con más de 2 millones pasa sin pena ni gloria, y sin películas que deslumbren, la respuesta es evidente, uno funciona por encima de sus posibilidades y del otro hay que pedir su supresión inmediata. Con 2 millones de presupuesto anual bien estructurado se puede hacer de la ciudad un remanso cinéfilo, se puede crear afición sin obligar a ir al cine y se puede ofrecer al espectador lo que las salas comerciales han abandonado. Es pedir mucho al responsable político, ya lo sé, pero alguien tiene que decir que lo de ahora no sirve para nada cinematográficamente hablando.

“Tempo Común” de Susana Nobre.

Dejaré las comparaciones y el lamentable espectáculo que los festivales potencian retroalimentándose entre exhibición, fiesta, invitados y prensa para perpetuar el modelo que les garantiza ir y venir todos los años de ciudad en ciudad (no lo digo yo, lo dicen hasta cineastas en sus propias películas), y les haré una serie de recomendaciones de películas que pueden verse hasta el día 30 en Madrid en salas y hasta mediados de diciembre on line, porque si algo caracteriza al festival Márgenes es su vocación de acercar al público de España y Latinoamérica su sección oficial, que puede verse en streaming de manera gratuita. Quien tenga curiosidad podrá acercarse a otro tipo de maneras de contar alejadas del clásico esquema aristotélico presentación-nudo-desenlace; acercarse a la poesía visual porque igual que en literatura hay novela, poesía, relato corto, no ficción, ensayo; en el mundo del cine ocurre lo mismo; y por idénticas razones a unos le gusta un género concreto de literatura y no todos, pero en las salas de cine, y en muchos festivales, sólo se apuesta por la novela. Tres secciones forman el festival, la oficial a concurso con una docena de obras, la sección escanner, que trata de acercar el más reciente y minoritario cine español a sus potenciales espectadores, y la sección presente, donde pueden verse cinco destacadísimas películas de Argentina, Brasil, Portugal, Chile y Perú.
Todavía no he visto todas las películas a concurso, pero si puedo destacar entre el resto de la sección oficial, la sobresaliente < 3 de María Antón Cabot, no ficción naturalista que utiliza los espacios del parque del Retiro en Madrid para mostrar las diferentes maneras de acercamiento afectivo entre jóvenes, y no tan jóvenes, aprovechando un día de verano, o lo que parece transcurrir en un solo día (licencia creativa) hasta el anochecer, cómo cambian las personas y las actitudes en una película directamente formidable; o la sencilla y delicada “Tempo Común” de la portuguesa Susana Nobre, narración a partir del nacimiento de la hija de una joven pareja y los cambios de presente y futuro que han de irse afrontando, un aprendizaje constante y sin manual donde todo el mundo es capaz de pretender enseñar lo que es imprevisible; la dura y radical “Sete años en maio” de Affonso Uchoa, ejercicio arriesgado y con notable resultado alrededor del testimonio de una persona huida de su domicilio cuando una noche es confundido por policías con un narcotraficante, es torturado y amenazado y su vida se convierte en un infierno durante siete años; la sencilla, amable y realista “Andrómedas” de Clara Sanz, otra obra de no ficción en la que la joven directora española se sirve de su relación con su nonagenaria abuela y la inmigrante que la ayuda en casa para, con naturalidad y sin dramatismos, hacer un ejercicio sobre la fragilidad de la vejez, el amor familiar y la incertidumbre del futuro; o el tremendo documental “El hijo del cazador” del dúo argentino Robles y Scelso a partir de la figura de un “arrepentido” de la represión dictatorial argentina y que testifica contra su propio padre, o las discutibles, para mi gusto, “7 limbos”, un puro ejercicio visual de imágenes hipnóticas y banda sonora de sonidos industriales molestos que no me conduce a ningún camino; el ejercicio de apropiacionismo de “Los pilares”, haciendo una película a partir de los videos caseros de un arquitecto a quien seguimos durante décadas sin salir de su casa de campo y “Millions”, que también usando material de archivo familiar, en su segunda parte crea una ficción a partir de la ausencia de la abuela de la protagonista.

“El hijo del cazador” del dúo argentino Robles y Scelso.

En la sección scanner tres obras sobresalen sobre el resto con diferencia (remarco lo de opinión subjetiva, algo que no debería ser necesario por evidente pues todo esto no dejan de ser opiniones personales sin principio de autoridad alguno), la sorprendente opera prima del dúo Dexeus-Gabarró, “Les perseides”, acercamiento a la memoria histórica en un relato que roza lo fantasmal y fantástico y que alcanza su máxima cima cuando, definitivamente, queda claro que no es una película más sobre esa edad complicada de la adolescencia; “Longa noite” de Luis Enciso, especial manera también de recordar la larga noche que supuso el franquismo utilizando textos de escritores españoles fundamentalmente y recreando situaciones desde el recuerdo del desaparecido, la memoria del represaliado o el largo camino hacia el exilio de ida y vuelta; y la excelente “Blanco en Blanco” del director chileno Theo Court, deslumbrante ejercicio visual y apasionante desarrollo narrativo acerca de la expansión del colono blanco en el sur del continente latinoamericano sin normas ni reglas para expulsar a los habitantes originarios de los pastos necesarios para la ganadería extensiva, a las que hay que añadir el cortometraje “Lonely Rivers” de Mauro Herce, película mucho más disfrutable si se pudo ver en su momento “Dead slow ahead” con la que forma un complemento excepcional, sin que este comentarista haya conseguido conectar con las propuestas, atractivas y diferentes casi siempre, de la comedia futurista de Migel Llansó, el primer largometraje de Jaoine Camborda o el propio de Elisa Cepedal.

“Technoboss” de Joao Nicolau.

Por último, cualquier película de la sección presente es recomendable, por orden de preferencia colocaría en primer lugar “Vendrá la muerte y tendrá tus ojos” del director chileno José Luis Torres Leiva, la portuguesa “Technoboss” de Joao Nicolau, “De nuevo otra vez” de la argentina Romina Paula, “A febre” de la brasileña Maya Da Rin y la peruana “Canción sin nombre” de Melina León, cine que debería terminar teniendo acomodo en las salas comerciales pero que es dudoso que tenga una distribución más allá de las grandes capitales.

Para cualquier amante del cine diferente y alejado de lo comercial la sección oficial es un referente de las nuevas olas del cine en lenguas latinoamericanas, y la sección escanner un muestrario del cine español del último año. Para unos cuantos es un ejemplo de para lo que debe servir un festival de cine que, además, surge de una iniciativa privada; razón de más para exigir correspondencia parecida desde el sector público.

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