Mirar al cielo y seguir las estelas de los aviones que lo surcan parece una actividad recurrente para el pastor de “Meseta”, la última película del director vasco de ascendencia zamorana Juan Palacios. Mirar como una invitación a escapar, a soñar en ese añorado viaje que permita descubrir nuevos paisajes, nuevas costumbres, nuevas culturas que rompan la monotonía de la entrega permanente al mundo rural, amplio de horizontes pero corto de oportunidades. La mirada de los habitantes, los pocos que van quedando, de esta meseta castellana cerealista en la que el documental se desarrolla no se ve constreñida por el espacio físico, al revés, éste permite que no se alcance el horizonte, sino por muros de desidia, despoblación, lejanía de los núcleos urbanos que provocan la desaparición del entramado comunitario y asistencial, transformando a sus habitantes en una especie de robinsones olvidados y condenados a salvarse a sí mimos.

En las imágenes de “Meseta” hay que recolocarse buscando el manantial, y ese manantial, sin remontarnos a décadas pretéritas, incluso en el propio cine español, se encuentra en la seminal “El cielo gira” de Mercedes Álvarez, eminente directora también silenciada por el peso de la industria y la incapacidad cultural pública que permita que creadores de reconocido prestigio encuentren cauces para seguir haciendo su arte. Hay enormes similitudes entre aquella historia de pueblos deshabitados en la provincia de Soria y ésta en espacios de la provincia de Zamora. Existe el mismo respeto por los habitantes que van desfilando por los minutos de la película, el mismo trato respetuoso por su manera de afrontar la vida, sus actividades, su ocio, su descanso, su soledad compartida en pequeñas compañías. Casi quince años separan ambas realidades y si algo puede afirmarse es que todo aquello que no funcionaba en el mundo rural castellano-leonés de 2004 ahora funciona peor, y no hay otra forma de interpretar cómo la población ha descendido en la provincia de Zamora de los 200.000 habitantes a los menos de 175000 de la actualidad, caída que continúa de manera libre en todo el espacio de la comunidad autónoma.

No es una película política, ni orientada de manera deliberadamente crítica hacia la incapacidad de la administración para fijar la población y garantizar servicios, pero las imágenes terminan hablando por sí solas, y si la costumbre de «contar ovejas» para alcanzar el sueño uno de los protagonistas del documental la sustituye por la de contar casas abandonadas con el mismo fín, el resultado de la ecuación sigue saliendo negativo cualquiera que sea el orden de los factores. Niños que no encuentran a otros para jugar, pescadores que no pueden pescar porque ya no hay peces, pastores que no pueden irse de vacaciones, agricultores que continúan con sus actividades pasados los 80 años, ancianos que creen dominar a un burro que está más para llevarlos a ellos que al revés, ausencia de tiendas, de lugares de ocio. Escapar ya no es posible ha determinada edad; las autovías han servido para facilitar la huida de los más jóvenes en vez de para acercar las capitales; ya nadie circula por los pueblos y el ruido de los coches en la lejanía se utiliza, en un alarde de imaginación, para pensar que aquello es el ruido de las olas del mar. Perdidos en medio de la nada estos pueblos intentan mantener la normalidad de las actividades cotidianas, ajenos a las palabras huecas que les hablan de las enormes oportunidades a desarrollar en sus entornos, intentando adaptarse a las nuevas tecnologías pero disfrutando, como pocos, del placer de la siesta bajo la sombra de un árbol con el ruido de los insectos y el canto de los pájaros, mientras el vino permanece fresco dentro de la bota.

«Meseta» es un cine milagroso, un milagro que existan cineastas dispuestos a escapar del ruido del guión facilón y dirigido a públicos infantilizados por el trazo grueso, es milagro que se opte por documentar aquello que no interesa a casi nadie, el mundo rural y su demolición progresiva por abandono; es elogiable que para ello no se ridiculice a quienes aparecen en pantalla, que no se les manipule, que no se les haga decir lo que conviene al director y se espere a que se pronuncien de manera espontánea. Es un milagro que alguien dedique tiempo y dinero en una empresa que, ha de ser consciente el director, apenas alcanzará el reconocimiento de alguna parte de la crítica más abierta a encontrar cine fuera de las pantallas que dentro y de un sector minoritario del público que se la encuentre en festivales. «Meseta» respira la misma autenticidad que «El mundanal ruido» de David Muñoz o «Desde que el mundo es mundo» de Gunter Schwaiger, películas rodadas en el mundo rural y que, sin dejar de documentar la realidad, eliminan cualquier visión idílica del mismo para que no se pierda el verdadero punto de vista sobre el día a día, que por una persona que decide regresar al campo, hay diez que lo abandonan, ya voluntariamente por la ausencia de futuro o porque su vida ha llegado al final. El tono amable, a veces irónico, socarrón, surrealista de las personas que van acompañando la radiografía efectuada por Palacios (atención también a su diseño sonoro, al ruido del campo que acompaña la vida pero que a cualquiera de nosotros nos puede evocar otros campos, otros veranos, otros pueblos) no está exento de tristeza, de nostalgia, de melancolía, de soledad. En el fondo, como esas imágenes aéreas que abren la película, a todo el mundo le gusta hablar de recuperar el mundo rural, pero lo cierto es que la inmensa mayoría lo miramos desde lejos, incluso desde las alturas de un ultraligero, no sea que terminemos aceptando que ese mal no tiene remedio y confundamos un fín de semana en una casa rural con «reactivar la zona».

Dirección: Juan Palacios.

Guión: Juan Palacios.

Fotografía: Juan Palacios.

Montaje: Juan Palacios.

Sonido: Juan Palacios.

Producción: Ainhoa Andraka, Cristina Hergueta y Zuriñe Goikoetxea.

Compañías Productoras: Doxa Producciones y Jabuba Films y. 89 minutos.

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