Ovejas castellanas junto a uno de los mastines. FOTO: Gaspar Francés
Ovejas castellanas junto a uno de los mastines. FOTO: Gaspar Francés

“Nuestra intención es visibilizar que es posible la convivencia de la ganadería extensiva con el lobo”, explica Isabel Diez Leiva, responsable de la campaña de coexistencia de Ecologistas en Acción. La ganadería es un motor dinamizador para los pueblos de la región, que viven un dramático proceso de despoblación y, por su parte, el lobo es una pieza fundamental para un correcto funcionamiento del ecosistema, por lo que se reclama potenciar un manejo adecuado del ganado que aporte garantías suficientes para su coexistencia. Este manejo se basa en el uso de perros de trabajo, mastines, que vigilan y pastorean al ganado, protegiéndolo de los ataques del lobo.

Manolo Martín regenta junto a Mila Maqueda una explotación ovina en extensivo, con 300 ovejas entre castellana negra -raza autóctona en peligro de extinción- y blanca, situado en Villavieja de Yeltes en la subcomarca de El Abadengo de Salamanca. Su manejo está basado en los perros de trabajo, teniendo un control de las ovejas que van a parir o han parido junto a sus corderos resguardándolas en cobertizos, y recogiendo al ganado en cañizos o majadas, cercas, para pasar la noche; los mastines, 18 en este caso, las custodian y acompañan a todas horas. De hecho es una de las claves de su educación, desde que nacen están juntos mastines y ovejas, para que no se extrañen y creen manada. Durante la visita se produjo en ejemplo de esto, los mastines estaban lamiendo y cuidando un cordero que acababa de nacer mientras su madre se había asustado tras el parto y la llegada de los visitantes.

Manolo Martín y Mila Maqueda, ganaderos de Villavieja de Yeltes. FOTO: Gaspar Francés
Manolo Martín y Mila Maqueda, ganaderos de Villavieja de Yeltes. FOTO: Gaspar Francés

Tanto Mila como Manolo tienen clara la importancia del lobo en el ecosistema. Jabalís, corzos y zorros pueden ser portadores de enfermedades como tuberculosis o brucelosis, por lo que los lobos se encargan de controlar la población de estas especies atacando a los más enfermos que son presas más fáciles para ellos. El efecto de estos animales no es solo hacia la ganadería, sino que también los cultivos pueden ser dañados. “No se puede arrasar la naturaleza, hay que respetarla”, concluye Mila. Manolo asegura que en 32 años de ganadero jamás ha tenido un ataque de lobo, aunque en su comarca son numerosos. Salvo ellos nadie usa mastines en la zona y hasta en el pueblo vecino han habido ataques. Recientemente se ha producido el último en una finca colindante donde han muerto 13 ovejas y 7 han sido heridas en un cercado sin perros a tan solo 200 metros de distancia de su explotación. Mila reflexiona sobre el por qué de este hecho: “se han acomodado por las subvenciones, si la administración paga las ovejas muertas, no se preocupan”. Su reivindicación hacia la administración es clara: ayuda para los mastines y los ganaderos que conviven con el lobo. “O mantienes lobos o mantienes mastines, yo prefiero mantener mastines”, asegura Manolo.

En Pereruela, provincia de Zamora, vive Salvador Rodríguez, un ganadero que también está convencido de la posibilidad y necesidad de coexistir con el lobo. “Hoy para el ganadero que tiene mastines el lobo es el menor de los problemas, hay problemas mayores que el lobo”, asegura Salvador en relación con las ansiadas subvenciones. De hecho el último de los enfrentamientos con animales que ha sufrido fue con un jabalí, dejó notablemente herido a uno de los perros con una profunda brecha en la cabeza. 10 mastines, 4 hembras y 6 machos, acompañan a sus 450 ovejas castellanas. Los gastos originados por todos estos ascienden a un total de entre 2000 y 3000 € anuales, incluyendo además de su comida los tratamientos veterinarios.

Salvador Rodríguez, ganadero de Pereruela. FOTO: Gaspar Francés
Salvador Rodríguez, ganadero de Pereruela. FOTO: Gaspar Francés

“Llevo a las ovejas algunos días al río, donde están los lobos”, asegura Salvador que solo una vez tuvo una muerte por culpa del lobo desde que empezó en el oficio con 12 años. Durante el celo de una de las perras, parte de los mastines se fueron tras ella y el resto solo dejaron que atacaran a una de las ovejas. Aunque en ocasiones ha visto lobos acercarse a las ovejas, al aparecer los mastines se fueron. También ha escuchado como atacaban a un jabalí durante la noche, dentro de su labor natural de mantenimiento del ecosistema. “Sin perro: ganado perdido”, concluye Salvador. En la comarca de Sayago siguen sucediéndose los ataques a rebaños con uno o ningún mastín, además de que otros métodos como máquinas que lanzan disparos automáticos disuasorios no dan el resultado deseado. Recuerda que la mayor lobada fue en una explotación que contaba con uno de estos artilugios, los lobos se familiarizaron con el sonido de las detonaciones y mataron a 60 de las 80 ovejas que había. “Hay gente que aun dice que el mastín no vale para nada, solo para comer, y yo he visto a los perros detrás del lobo, creo que sin mastines el ganado solo puede estar encerrado”, concluye Santiago.

Una de las pegas recurrentes al uso de mastines son las molestias que estos animales pueden producir a turistas o vecinos. Santiago remarca que es un problema de educación de los animales, responsabilidad de sus dueños. “Se le enseña que no tiene que salir del ganado; muchas veces vienen ciclistas, ellos se paran, tú te acercas, los ciclistas pasan y no hay problema ninguno”, cuenta el ganadero, “otra cosa es que se metan al ganado, entonces los perros dicen esto es mío y tú dónde vas”. Mila recuerda que ella saca a las ovejas cerca del río Yeltes, una zona muy concurrida en verano tanto por visitantes como por la propia gente de la zona, y jamás han tenido más problemas que la comida que pueden dar a los perros e interferir en su alimentación.

Isabel Diez Leiva, responsable de la campaña de coexistencia de Ecologistas en Acción. FOTO: Gaspar Francés
Isabel Diez Leiva, responsable de la campaña de coexistencia de Ecologistas en Acción. FOTO: Gaspar Francés

Situación actual del lobo

La Junta de Castilla y León presentó en 2016 un nuevo Plan de conservación y gestión del lobo que, en palabras de Ecologistas en Acción “no permite evaluar la conservación de la especie en esta comunidad ni garantizar la coexistencia del lobo con actividades humanas". Este plan se apoya en el estudio nacional que se llevó a cabo entre 1988 y 1989 por el Instituto para la Conservación de la Naturaleza que estimaban unos 300 grupos familiares, cifra que después de la posterior estimación que se realizó en 2003 se fijó entre 254 y 322 grupos en toda la Península Ibérica, estando el 20% de es éstos en territorio portugués donde el lobo está catalogado como especie en extinción. En el resto de la península su tratamiento depende de la región. En Castilla y León el río Duero marca la frontera para su conservación o explotación, según datos de 2013: en la zona sur, donde se estiman 152 familias, se requiere una “conservación estricta” mientras que en el norte, con una estimación de 27 familias, se determina que “pueden ser objeto de medida de gestión”.

Las manadas de lobos suelen estar compuestas por entre 4 y 7 individuos, de tal manera que la cifra resultante de la estimación, a nivel peninsular, varía entre 1000 y 2500 ejemplares. Según los datos publicados en 2014 por la Junta, esta cifra oscila en Castilla y León entre 700 y 1300 individuos. Cantidad completamente aproximada fruto de las matemáticas y no del estudio exhaustivo de la especie, según Carolina Martín portavoz de Ecologistas en Acción de Salamanca. En su opinión es además especialmente sangrante que se sustente en estos datos cuántos ejemplares pueden ser abatidos.

Rebaño en Pereruela (Zamora) custodiado por perros de trabajo. FOTO: Gaspar Francés
Rebaño en Pereruela (Zamora) custodiado por perros de trabajo. FOTO: Gaspar Francés

La acción de este plan está basada en la explotación cinegética de la especie, su muerte. De hecho, este mismo año, la Consejería de Fomento y Medioambiente ha autorizado la caza de 143 ejemplares en cada temporada hasta 2019. A esta ya elevada cifra se le suma la actividad de los cazadores ilegales cuya mortalidad alcanza el 50% de los lobos abatidos. Aunque los expertos advierten sobre lo contraproducente de su caza. Los lobos habitualmente se estructuran en mandas, familias, por lo que si algún miembro es abatido, con mayor gravedad si desaparece el macho alfa o su pareja que dominan el grupo, el comportamiento de los supervivientes puede modificarse multiplicándose así las probabilidades de ataque al ganado, más fácil de abordar para una manada desestructurada.

Otro asunto comprometido por el que se pasa de puntillas es la autoría de los ataques. Aunque se atribuyan al lobo casi la totalidad de ellos, también entran en juego los realizados por perros asilvestrados, jabalíes o zorros, entre otros animales y alimañas. Los perros que se crían y luego se abandonan en el monte son un problema creciente. Diferenciar un ataque de lobo de otro de un perro es extremadamente difícil salvo que se realicen pruebas de ADN. Esta técnica, que se debería emplear de forma sistemática, como se realizó en Cataluña y se concluyó que tan solo el 40% de los ataques de cánidos analizados eran atribuibles al lobo.

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